Apuntes sobre la libertad I: Los hermanos Karamazov o por qué Dios (o algo que se le parezca) hace más bien que mal

«Si Dios no existe, todo está permitido», reza una frase apócrifamente atribuida a Dostoievski en Los hermanos Karamazov. Esta idea se extiende a través de la producción literaria del autor ruso hasta encontrar su expresión más plena –según algunos de sus analistas, como es el caso de Mikhail Bakhtin– en su relato Bobok: Iván Ivanóvich, un escritor alcohólico que sufre de alucinaciones auditivas, se sorprende y horroriza al escuchar almas en un estado que podríamos llamar de “pre-muerte”, un estado intermedio entre la muerte biológica y la trascendencia del alma, contar y confesar sin vergüenza alguna sus culpas y pecados amparados por la suspensión de la responsabilidad –y, por lo tanto, de la autoridad y, sobre todo, de la existencia de Dios mismo– que les otorga su estadía en una especie de mundo “entre dos muertes”.

Análisis posteriores de Dostoievski como el que hace Slavoj Žižek en El dolor de Dios a partir de la lectura de Jacques Lacan nos indican que es posible que se interprete en sentido contrario: si los muertos pueden gozar de tal estado de suspensión ética libre de todo reproche, es precisamente porque Dios les ha dado tal facultad y ha posibilitado la expresión de depravación que tanto horror le causan a Iván Ivanóvich. Ahondando en este análisis, Žižek sugiere que lo que presenta la obra de Dostoievski no es en realidad el retrato de un mundo sin autoridad divina, sino, al contrario, la escenificación de la fantasía religiosa de un Dios malvado que fabrica este escenario obligando a los espíritus a tal despliegue de obscenidad con el propósito de torturar a Iván Ivanóvich. Lacan da, entonces, un giro total a la máxima: «si Dios no existe, todo está prohibido». La mayor libertad la tienen quienes son profundamente religiosos, los fundamentalistas: quienes son únicamente herramientas en el esquema de un plan superior, una causa justa trascendente, tienen libertad total para obrar como quieran, puesto que todo lo que hagan está justificado y avalado por la causa. Solo el resquebrajamiento de la coraza ideológico-religiosa puede anular esa libertad. «Ama y haz lo que quieras», dijo San Agustín: si Dios es amor y amas a Dios verdaderamente, entonces no harás nunca nada que no le complazca; en la medida en la que ames a Dios, estarás efectivamente libre de pecado.

La máxima de Dostoievski se contradice más adelante en Los hermanos Karamazov: al dar a la humanidad el don de la libertad radical, Jesucristo –y, por tanto, Dios, uno y trino– han malinterpretado y sobreestimado a la humanidad y, sin saberlo, han imposibilitado su redención. Por ello, el Gran Inquisidor –la Iglesia– tiene que recurrir a las limitaciones que impone un demonio opuesto por naturaleza al Dios cristiano del amor inmanente, cuyo actuar no se sujeta ni subordina a ningún límite trascendental. La libertad viene necesariamente acompañada de la responsabilidad: el stárets Zózimo se traslada a la vida religiosa tras darse cuenta de que no hay tal cosa como el pecado aislado, sino que, en realidad, somos todos responsables de los pecados ajenos. La aniquilación de Dios («¡Dios ha muerto! ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!») nos arroja, en lo individual y en lo colectivo, a una anomia en la que nos enfrentamos a la tarea de buscarnos y darnos límites a nosotros mismos. La incertidumbre del desdibujo de los límites morales, la orfandad ética en la que nos deja la inefectividad de la autoridad trascendente, nos asegura la libertad de buscar nuestro gozo sin virtualmente ninguna atadura, pero es precisamente esa libertad la que nos niega cualquier certeza respecto a dicha búsqueda y su espacio y nos termina enmarañando en una compleja red de límites y regulaciones autoimpuestas que la frustran y nos constriñen. El proceso de autocensura, entonces, se magnifica exponencialmente ante la ausencia de un Dios –o, de hecho, cualquier idea que se le asemeje– que nos legitime. En The Four Fundamentals of Psycho-Analysis, Lacan postula que la máxima del ateísmo –el ateísmo liberador, el esencialmente anarquista– no puede ser «Dios ha muerto», porque eso presupone la creencia (y, por lo tanto, la existencia) del Dios vivo. “La verdadera fórmula del ateísmo es Dios es inconsciente”.

¿Qué utilidad tiene renegar de Dios, la religión, la espiritualidad, las ideologías? ¿Y si, en la búsqueda de liberarnos de nosotros mismos, hemos terminado por restringirnos y encerrarnos aún más? ¿Y si la muerte de Dios –como la propugna famosamente Nietzsche: la idea de que hemos aniquilado a Dios y nos encontramos ante un horizonte de libertad ilimitada–, más que deshacer las cadenas que buscaba deshacer, no hizo sino reforzarlas? ¿Es posible que, en lugar de buscar la eliminación de la divinidad y lanzarnos al vacío, podamos abrirnos un panorama de gozo, libertad y ágape –amor político, lo que queda tras asumir la responsabilidad del abandono de la ley del eros para entrar al terreno del amor pleno, como planteaba Wagner– indagando más profundamente en nuevos avatares y nuevas comprensiones de la espiritualidad y la trascendencia? ¿Es verdaderamente necesario –o inclusive posible– abandonar lo trascendente en la búsqueda de la liberación?

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *