Aprendizajes de la (in)sana distancia

A Matías le explicaron en la escuela cuál era la razón por la que iba a tener que quedarse encerrado en su casa, le explicaron porque era importante que se pusiera cubrebocas y que se lavara las manos. Le dijeron que el responsable de que se detuviera el mundo tal como él lo conocía era un virus y que se llamaba COVID-19, pero él le llama “tonto y feo Covid”. La verdad es que no tengo otra opción más que llamarle de la misma manera que lo hace él.

“Tonto y feo Covid”, eso grito algunas noches con el alivio de que nadie más que yo lo puede escuchar. Es un grito que se ahoga con mis lágrimas que no cesan en su repentina naturaleza de correr despavoridas de las grietas de mis ojos. Soy psicólogo, pero la academia no me dió un manual para hacer frente a situaciones excepcionales como la que estamos viviendo.

Vía https://cnnespanol.cnn.com/2020/05/14/el-impacto-de-la-pandemia-de-covid-19-en-la-salud-mental-ya-es-extremadamente-preocupante-dice-la-onu/

Por eso me enternezco, me permito sentir todo lo que mi cuerpo me pide y aunque trato de realizar un esfuerzo sobrehumano por ser resiliente, por sobrellevar lo mejor posible esto, también me doy el permiso de desbordar, de quedarme un rato en lo abisal y encontrar fuerzas para volver a tomar oxígeno.

Hace unos pocos días llegaba a mi casa después de haber cuidado a mi primo. Me encontraba un poco cansado y había sido un día agotador porque no había podido dormir bien la noche pasada. Es de esos días en los que se junta el lavado y planchado emocional, piensas que estás llorando por una cosa pero en realidad ya llevabas mucho tiempo queriendo llorar por unas cuantas cositas más que estaban pendientes por dolerse.

A veces cruzo palabra con mi familia antes de subir las escaleras y dirigirme a mi cuarto para llorar en el anonimato. Aquella noche lloré enfrente de mi madre, nos abrazamos, nos dolimos, por un momento nos desbordamos juntes. Ella no me dió palabras de ánimo, se limitó a contenerme. Mi madre también había llorado por la pérdida repentina de una tía paterna muy querida para ella, yo lloraba porque me dolía todo en ese momento. Es en ese abrazo en el cual nos fundimos que el amor y el enternecimiento pudieron más que la sana distancia.

Entendí unos días después que la sana distancia es a veces estar a una distancia de rescate, a un abrazo de rescate.

Vía https://ethic.es/2020/08/salud-mental-y-confinamiento/

Este aislamiento social acarrea estragos en la salud emocional y el bienestar psicológico de las personas. Si bien, tenemos al alcance plataformas que nos permiten comunicarnos con nuestres amigues, compañeres y familiares, esto no es suficiente. Al menos, desde mi experiencia, se vuelve tediosa esta realidad cibernética de los afectos virtuales. Nos venden apps para matar el tiempo pero no para disfrutarlo, para acercarnos en comunidad pero terminamos distanciándonos más y ni qué decir de las violencias en las redes sociales que son más frecuentes durante esta pandemia.

También es mediante el tiempo que paso cuidando a mi primo de seis años que me he mantenido ocupado gran parte del tiempo y es la manera como trato de no estar tanto tiempo en soledad. He aprendido a resignificar lo que es cuidar a otres y a permitirme ser enseñado por la niñez para aprender a ser resiliente y a poder apreciar la belleza en las cosas más sencillas como alguna vez había podido hacer.

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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