Apolo y Jacinto (o por qué no he renunciado a amar hombres)

Van ya un par de semanas desde aquella divertidísima conversación sobre la homosexualidad masculina, su supuesta naturaleza eminentemente patriarcal y cómo –a pesar de lo que cualquiera de nosotros pueda decir, a pesar de lo difícil q00ue suele ser para nosotros relacionarnos con otros hombres, principalmente con los heterosexuales– los hombres que nos relacionamos sexoafectivamente con hombres materializamos el amor y protección patriarcal entre varones. Todo muy padre, todo muy entretenido, todo muy pedagógico. ¿Quién lo hubiera imaginado? Todos los días se aprende algo nuevo, sin duda alguna.

Como es, creo yo, bastante inevitable cuando hablamos de relaciones homosexuales en Occidente, salió a flote la famosa –para bien y para mal– pederastía de la Antigüedad clásica y las configuraciones de las relaciones sexuales entre hombres en Grecia, en un bonito hilo de tuits de Tania Tagle (https://bit.ly/HiloTania2203), a quien yo admiro mucho. En él, Tania menciona el mito de Apolo y Jacinto, personalmente, uno de mis favoritos de la mitología griega y que en estas semanas me ha hecho pensar y reflexionar mucho sobre el cómo y por qué me relaciono con hombres.

Jacinto era el más bello de los hijos del rey Amiclas y la reina Esparta, amante de Apolo y admirado por dioses y humanos por igual, codiciado por los dioses eólicos Céfiro y Boreas y por el músico Tamiris. De la mano de Apolo, el príncipe espartano aprendió las artes de la profecía, la música, la arquería y la gimnasia y a su lado visitó las tierras sagradas del dios solar en un carruaje tirado por cisnes. Celoso por no ser el elegido del joven, el dios Céfiro, el viento occidental, desvió un disco con el que Apolo y Jacinto jugaban y golpeó con él al príncipe, matándolo. En su Metamorfosis, Ovidio relata con detalle la manera en la que el rostro de Apolo palideció y el llanto profuso que le dedicó a su bello amante, culpándose por su muerte y haciendo todo lo que estaba en sus divinas manos para regresarlo a la vida. De la sangre del príncipe y de las lágrimas del dios surgió una flor en la que Jacinto y el dolor divino vivirían por siempre, recordados en la música de la lira apolínea. El jacinto fue, según Ovidio, venerado por los griegos como la más bella de las flores. El poeta Nono de Panópolis cuenta en sus Dionisiacas que el joven príncipe fue, eventualmente, traído de vuelta a la vida e inmortalizado por su amante, tras lo que se volvió deidad titular de una de las principales festividades espartanas, conmemorando su muerte y resurrección durante tres días y de importancia tal que el famoso pueblo guerrero interrumpía su estadía en los campos de batalla para volver a su ciudad a bailar, cantar y celebrar en su nombre.

La historia de Apolo y Jacinto está llena de primeras veces, entre las que me parece importante destacar dos de las que podría escribir páginas y páginas de reflexiones y celebración. En primer lugar, según relata la Bibliotheca de Pseudo-Apollodoro, un trabajo del siglo I o II que ha sido considerado el mayor trabajo mitográfico antiguo, el músico Tamiris, al enamorarse de Jacinto, fue el primer hombre en mostrar sentimientos románticos por otro hombre. Por otro lado, como menciona Tania en su precioso hilo, el llanto de Apolo por la muerte de su enamorado parece ser el primer registro que se tiene en la Antigüedad clásica del llanto de un dios.

Además de ser una maravillosa tragedia homosexual –tal vez la primera, la fundadora de ese género del que la cultura nuestra cultura se ha llenado y empapado–, diversas fuentes consideran que la historia de los amantes puede ser más que una historia de amor. El nombre de Jacinto (Huákinthos en griego) por su morfología parece tener un origen pre-helénico, probablemente cretense, lo que ha llevado a sugerir una nueva dimensión simbólica para el relato. Jacinto, parece ser, era una deidad de la naturaleza cuyo culto se fusionó con el de Apolo con la llegada de los helenos. La historia de estos dos amantes se vuelve entonces una historia de renovación y renacimiento.

El amor entre hombres hace ya siglos que es visto con malos ojos bajo distintas justificaciones. ¿Cuántos de nosotros no sufrimos el latigazo judeocristiano del pecado y la amenaza de la condena eterna? ¿Cuántos no nos sentimos perplejos hace semanas por la acusación flamígera de conservar y perpetuar con nuestros afectos –ya castigados de por sí– el pacto patriarcal? ¿Cuántos de nosotros no hemos llegado a desarrollar una profunda aversión hacia otros hombres, cuántos no nos hemos sentido inseguros entre nuestros pares? Pienso mucho en aquel tuit que flotó esos días en el que uno de nosotros se ufanaba de no cuidar hombres. Pienso en todas esas veces en las que de una u otra manera ponemos sobre nuestros amigos, hermanos, los hombres a quienes queremos y quienes nos quieren, incluso sobre nosotros mismos, esa mascarilla totalizadora bajo la que el hombre, en tanto hombre y bajando al nivel más individual, es malo por naturaleza y, por lo tanto, indigno de cariño, de afecto, de comprensión y escucha. La verdad es que a mí me deja muy perplejo.

Yo lo he dicho mucho ya, pero aprovecho este espacio para reafirmarlo: yo sí cuido hombres, yo sí amo hombres, yo sí quiero construir mejores relaciones y puentes con otros hombres. Si un dios se permitió llorar de amor y dolor por un hombre –y no solo eso, sino, además, ser el primero en hacerlo–, ¿por qué no habría yo de hacerlo? Si Apolo pudo con la apoteosis de Jacinto nombrarlo una deidad de la renovación y si en sus altares se le adora como un dios primaveral, reverdecedor, ¿por qué no habríamos nosotros de buscar lo mismo? El amor entre hombres no tiene por qué significar solaparnos, defendernos a capa y espada ni dejar de señalarnos todos nuestros errores. Todo lo contrario, creo yo. Nos urge aprender a amarnos en serio entre nosotros, a enseñarnos y abrazarnos y permitirnos alejarnos de esos estándares y pautas tan nocivas que se nos han impreso sobre la piel a la sombra de la masculinidad.

Cuando yo aseguro que yo sí amo y cuido hombres, cuando abrazo a mis amigos y los escucho, estoy convencido de que hacemos mucho más por desarmar la jaula de la masculinidad de lo que podemos hacerlo repudiándonos entre nosotros. Si bien esto aplica para hombres de todas las sexualidades y expresiones de género, me parece que es algo que tenemos que evaluar con gran detenimiento entre los hombres que pretendemos identificarnos como parte de las disidencias sexogenéricas. La verdad es que no hay nada más profundamente heteropatriarcal que la constante competencia a la que nos sometemos. Si pretendemos realmente poner de nuestra parte en este sentido, no podemos hacerlo despreciándonos ni poniéndonos del lado de quienes nos desprecian. Es posible mejorar y es posible desaprender y reaprender –morir y renacer, tal como Jacinto–, pero eso solo se puede hacer comunitariamente. De nada sirve la “deconstrucción” y de nada sirven los cuestionamientos si no estamos dispuestos a enseñarnos, a compartir, a apoyarnos y formar redes y comunidades. El discurso de la justicia social lleva ya mucho tiempo coaccionado por el hiperindividualismo más salvaje, feroz y brutal. El primer paso, creo yo, es deshacernos de él y deshacernos de la visión punitivista que nos lleva a castigar y segregar a quienes no se atienen a nuestros estándares de pureza y buenas formas en lugar de abrazarle, buscar entenderle y aprender entre todos y de todos. Más que renunciar a amar hombres, creo que es nuestro deber aprender a amarnos más, a amarnos mejor, a amarnos bonito. Mientras no lo hagamos, no le veo fin posible a los horrores del mundo contra los que nos pronunciamos desde la tribuna de la superioridad moral que confiere la “deconstrucción”, si es que el término tiene algún significado aún.

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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