Apagar incendios

A veces pienso que el peor trabajo que yo podría tener (y que aún tuviera que ver con mi carrera) sería el de redactar boletines de prensa en una oficina de gobierno. Hablo de mí porque seguro existen personas que disfrutan redactar ese tipo de textos. La ficción en forma de nota periodística es, en sí misma, un arte.

Sería mi peor trabajo porque estoy seguro que sería muy bueno en él. No porque sea bueno escribiendo, sino que, las herramientas para analizar el discurso son las pautas para crearlo.

Imaginemos la escena: en el piso tres, al fondo a la izquierda hay una oficina con tres escritorios. Uno se ve más nuevo que los otros y tiene una silla ejecutiva. Los escritorios están llenos de oficios, memorándums, plumas robadas. En la esquina, una radio prendida en el noticiero de la hora del almuerzo.

La voz del titular de la secretaría contesta las preguntas del conductor del programa. De pronto, el funcionario presume un dato erróneo. En la oficina, el ruido del tecleo se detiene. Las tres personas escuchan claramente al funcionario hacer un comentario fuera de lugar, un desliz de lengua, una frase digna para volverse un meme.

Un gruñido de frustración sale del escritorio nuevo. Antes de que dé una orden, el escritorio de la derecha propone un comunicado. El de la izquierda envía por Whatsapp el primer meme. La silla ejecutiva gira hacia el teléfono y lo contesta antes del segundo timbrazo. La voz al otro lado del teléfono contrasta con la calma de la oficina.

Las órdenes son simples: minimizar el daño.

El escritorio de la derecha redacta a mil por hora tres comunicados distintos. El de la izquierda llama a la lista de medios en la nómina para evitar que se propague la nota.

El del centro aprueba, sugiere y envía las propuestas a quien lo supervisa. El teléfono suena. Ahora el escritorio del centro convoca una rueda de prensa, manda a compras el pedido del café y las galletas, teclea el discurso del funcionario.

Al día siguiente, lo único que trascendió fue el meme en el whats departamental.

Yo soy bueno para apagar incendios, pero qué flojera apagar los incendios que deben quemarlo todo.

Licenciado en Literatura Latinoamericana. Gestor cultural. Abogado de clóset. Escribe ficción y, a veces, cosas interesantes sobre la sociedad en la que habita. Experto en nada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *