La antropofagia neoliberal: El Hoyo, Snowpiercer y Aceite de perro

Se dice que la hermana del escritor estadounidense Ambrose Bierce fue devorada por caníbales durante una misión calvinista en algún lugar de África. Quizá a tan amargo episodio deba la obra del autor su más profunda oscuridad, donde la brutalidad ejercida sobre los cuerpos ajenos desafía al estómago del público lector, no por una nauseabunda descripción de los actos, sino por la crueldad inherente y desfachatada con la que se desempeñan. Un ejemplo es su célebre cuento “Aceite de perro” (1890), en el cual una familia intercambia a sus víctimas caninas por niñes con el fin de fabricar con sus cadáveres “una de las más valiosas medicinas jamás descubiertas”, todo ello por un beneficio comercial. Es así como Bierce posiciona la crítica social en las ambiciones individuales, señalando que debajo de la prosperidad se oculta un entramado de dolor, explotación y quebrantamiento de los límites que nos hemos planteado como sociedad.

Más de un siglo después, llegan a nuestras pantallas el largometraje El Hoyo (2019) y la película (del director de Parásitos Bong Joon–Ho) y serie Snowpiercer (2013 y 2020), con una propuesta similar, aunque mucho más obvia: la crítica al muy fracasado capitalismo y la estratificación social que lo sostiene.

El hoyo
Imagen vía Netflix

El Hoyo es una prisión vertical donde una plataforma desciende diariamente con alimentos, de manera que “los de arriba” son los primeros en comer, mientras que “los de abajo” deben conformarse con los restos, si es que los hay. Por su parte, Snowpiercer presenta una distopía en la que el mundo se ha congelado, volviéndose inhabitable. Para sobrevivir, un porcentaje de la población consigue abordar un tren, cuyo nombre da título a la película, que no se detiene jamás, viéndose obligados a acatar una división de clases espeluznante, donde los primeros vagones viajan entre desmesurados lujos y excentricidades, mientras los últimos lo hacen condenados a la hambruna y la opresión violenta. En ambas obras la carencia extrema empuja a los personajes hacia la antropofagia.

La principal diferencia entre las películas y el cuento de Bierce es que en este último la sociedad no tiene la certeza de que semejantes crueldades sean las responsables en la fabricación del producto que consumen (si no tomamos en consideración el deleznable sacrificio animal, que merecería un escrito exclusivo sobre el tema). En El Hoyo, en cambio, todas las personas no sólo son conscientes de la precariedad que implica el sistema, sino que incluso la han sufrido en carne propia, pues cada mes las celdas cambian de lugar, y quien estuvo arriba puede aparecer abajo y viceversa, sin que ello se traduzca en respuestas éticas para la solución del problema. A bordo del Snowpiercer sucede algo parecido: todes saben que el tren está dividido en clases muy dispares, sólo que aquellas son inamovibles, por lo que “escalar” hacia vagones más privilegiados es una hazaña compleja en la serie e imposible en la película, que supone la renuncia a los propios principios. Quizá por este último motivo es que las clases oprimidas se consagran a derrocar al sistema. El Hoyo, por el contrario, presenta a personajes que aparentemente no tienen alternativa más que ser y hacer el sistema; algo muy parecido a lo que sucede en las llamadas economías emergentes, donde la promesa de ascender en la rígida torre de los privilegios inhibe todo apetito de subversión y alimenta la ambición y el odio, sobre los cuales se sostiene el régimen.

Imagen vía Moho FIlm

Recalquemos que la premisa de estos largometrajes es la situación crítica e inusual, y la operación perversa del sistema mismo. No sucede así con “Aceite de perro”, donde la crueldad es un rasgo individual, y sobre ello recae lo insólito y no en las circunstancias. En lo que sí coincide el cuento con las obras cinematográficas es en demostrar cómo la experiencia de vida delinea la propia visión del mundo, pues el protagonista del relato es un menor quien cree que el modo de proceder de sus progenitores es lo normal, pues no ha visto otra cosa.

Es en este sentido que quisiera plantear mi preocupación respecto a la crisis global. Las nuevas y no tan nuevas generaciones hemos crecido en este sistema despiadado sin conocer otro, y el surgimiento de un evento descabellado –porque no se me ocurre un adjetivo más adecuado– como lo es la pandemia no sólo acrecienta las diferencias sociales, sino que desde las élites es utilizado como justificación para conductas similares a la antropofagia, entendida alegóricamente como una biopolítica de explotación de los cuerpos en pos de la supervivencia individual, bajo la amenaza de que, de no conducirse de tal forma, el castigo sería demasiado alto. Un sistema punitivo enamorado del orden se nutre de aquellas ideas para erigirse como una falsa vacuna, cuando es solo reflejo y perpetuación de la enfermedad. No es a los grupos que se rebelan a quienes debemos temer y repudiar, sino a sus opresores, quienes controlan la torre y el tren, quienes fabrican un producto cuya materia prima es el dolor ajeno y, además, tienen el descaro de vendérnoslo.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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