Andanzas por programas de computadora

Un día, platicando con mi pareja sobre no sé qué lugar —Machu Picchu o algún destino popular de esa índole—, sin pensarlo dije: «sí, ya lo visité, es muy bonito». Se río mucho de mí —y con toda razón—, porque estaba al corriente de que, en realidad, me refería a que solo lo había recorrido por Google Maps, como suelo hacerlo con los lugares que me llaman la atención.

Al inicio permaneció esa sensación de ridiculez —e incluso de malestar, pero no pretendo darle la satisfacción al sistema capitalista de hacerme sentir culpable por no contar con los recursos para viajar; que, si bien podría buscar alternativas (como el famoso «irse de mochilera»), mi realidad de ser mujer, depender de mi trabajo para mantenerme con vida a mí y a mis cuatro gatos, promueve a que decida abandonar las pocas que existen. Y, sin embargo, tiempo después me pareció interesante esta parte inconsciente mía que, por recorrer un camino virtual, sintió de alguna forma que lo había visitado, cuando en la vida he salido de México.

En estos momentos estoy leyendo una recopilación de las cartas que Mary W. Shelley escribió mientras recorría Alemania e Italia (1842-1843), gracias también a este libro —publicado por Minerva Editorial y traducido y seleccionado por Alejandro González Ormerod— pude deliberar sobre cómo las nuevas tecnologías han ido oscilando el concepto del viaje a través del tiempo, ya sea haciéndolo de forma física o virtual, además de proveernos nuevas formas de, si así lo deseamos, mostrarlo al mundo.

¿Por eso son tan populares los creadores de contenido audiovisual? Las millones de visitas en YouTube dejan en claro nuestra urgencia nómada.

No he hecho un estudio de campo (y seguro ni lo haré, jeje) pero, hoy en día, por lo que he notado, los diarios de viaje no son muy populares en el ambiente literario. Eso sí, hay muchísimas publicaciones en las redes sociales; disfrutamos registrar los sitios a los que vamos y nuestro Instagram se vuelve no un diario de viaje, sino más bien en una especie de bitácora de trabajo, donde un lugar se exhibe en unas cuantas fotografías con pequeños pies de foto, un mero registro sin ningún otro tipo de trasfondo. Quizá los blogs personales son lo más parecido a lo que se realizaba antaño para compartir con el otre el viaje. Shelley bien pudo haber sido una bloguera y organizar y publicar sus cartas en artículos cortos, aunque en la actualidad no me puedo imaginar a alguien interesado en editar o comprar la compilación del blog de ningún trotamundos que no sea un famoso youtuber (a menos que el libro, como objeto, se vea bonito para adornar una privilegiada sala).

Como suele decirse de los verdaderos amigos: se pueden contar a las personas que leen blogs con los dedos de una mano.   

En la advertencia de la autora, Shelley aclara que la compilación no pretende ser una historia ni un discurso político de los lugares que visita. Lo que en verdad estimaría sería que su trabajo atrajera la atención y el apoyo de sus compatriotas con la causa italiana, que, en ese entonce,s era una provincia subyugada por los austriacos.

Cuando visitamos Italia nos volvemos lo que a los italianos no se les permite ser: gozantes de las bellezas de la naturaleza, de la elegancia del arte, de las delicias del clima, de las memorias del pasado, de los placeres de la sociedad, todo sin mayor preocupación.

No sé ustedes, pero lo primero que yo pensé fue en Luisito Comunica cuando viaja sonriente a países con graves problemas económicos y políticos, como en el caso de Perú y Kenia, exponiendo sin escrúpulos a los habitantes ante sus millones de seguidores. El llamado «turismo de la pobreza», donde el único beneficiado pareciera ser el morbo del turista y de su público. De los videos que he llegado a ver —sí, me declaro culpable—, los únicos momentos donde lo noto preocupado es cuando pierde sus maletas en el aeropuerto o lo intentan robar, y que, si consideramos su nivel socioeconómico, se sienten más como inconvenientes que verdaderos problemas. No sé si él sea consciente, así como Shelley, de que está experimentado cosas que ni los propios lugareños pueden realizar, pero es algo donde deberíamos hacer hincapié. ¿Para qué viajar si no se reflexiona sobre estas cosas? Que no se comprenda a toda una cultura solo por grabar un monumento o por cómo saboreas un platillo popular; que el rumbo sea, así como el de Shelley, con perspectiva de derechos humanos. Tratar con dignidad a las personas y a sus entornos, no como simples objetos de entretenimiento folclorizados, para causar lástima o burla.

Estoy segura de que la mayoría de la gente que puede viajar se sabe privilegiada —tal vez no ese 1% más rico, cuyo estilo de vida ni siquiera puedo concebir—, pero, aun así, hay cuestiones que escapan de su entendimiento.

Para viajar modestamente se requiere una buena cantidad de energía y un inquebrantable amor por ver más y aún más de la faz de este bello globo; necesita, como con cualquier pasión o inclinación, brotar orgánicamente del corazón y no puede entenderse excepto por aquellos que la comparten.   

Por supuesto que Shelley tiene razón, sin embargo, todo buen viajero debería aceptar que, para poder regocijarse, se necesita principalmente de apoyo por parte de su gobierno, de tener dinero. No todo es un discurso romántico.

Leemos para acumular pensamientos y conocimientos; viajar es leer un libro escrito por la mano del Creador, imparte una sabiduría más sublime que las palabras impresas del hombre.

Vía: Pixabay.

Para los que no tienen la energía y el tiempo de leer o costearse libros, ni mucho menos visitar de primera mano a ese tipo de sabiduría «más sublime», no le queda más que unas buenas publicaciones o videos de 15 minutos sobre alguien viajando a otro país. Las personas mexicanas somos, según los países analizados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), los que trabajamos más horas pero menos vacaciones tienen —a los que «bien les va» tienen más o menos una semana por año trabajado— . Recorrer el mundo, nuestro mundo, debería ser un recurso al alcance de la mano, no a costa de mendigar oportunidades, rascarnos los bolsillos o nacer en una cuna de oro. Rompamos los estereotipos de «el que no viaja es porque no quiere» o que los que sí lo hacen es por su gran voluntad. Apoyemos las iniciativas políticas que buscan duplicar nuestro valioso tiempo de esparcimiento.

Que la experiencia de Machu Pichu no quede solo en el Google Maps, de ver a otres poner emoticones en los pies de foto de sus viajes y sonreírle a la pantalla como si nosotres mismes compartiéramos, de cierta forma, esa experiencia. Sí, alegrémonos de la felicidad de la gente, pero no nos ceguemos ante la realidad.   

Me interesa la gente y las diversas formas artísticas con las que se expresan. Procuro aprender y crear desde la empatía. Soy feminista y licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente vivo en Regiolandia con mis gatos.

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