Analizando la tradición diplomática de México: la Doctrina Estrada

Conforme escalan las tensiones a nivel internacional tras el choque más reciente entre Irán y Estados Unidos, los estragos del cambio climático se hacen más evidentes alrededor del mundo y estallan nuevos conflictos armados en el extranjero, es normal que el ciudadano mexicano, perplejo ante las condiciones globales se asome repetidamente hacia dentro y hacia afuera. Mare, ¿y dónde está México en todo este xek (revoltijo)? Los titulares que parecen augurar nuevas guerras nos invitan a repensar el lugar de México en la comunidad internacional; y mientras se habla de tratados y relaciones internacionales en las noticias, vale la pena revisitar el pasado diplomático de nuestro país, particularmente en lo que concierne a los principios de no intervención y la libre determinación de los pueblos, que han definido históricamente nuestra política exterior y que han encontrado nuevo vigor estos últimos meses.

El ideal central que aglomera estos dos principios es conocido como la Doctrina Estrada y nació un 27 de septiembre de 1930, formalmente en un comunicado redactado por el entonces-secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio. Concebida en un contexto de importantes revoluciones políticas y sociales alrededor del mundo después de la Primera Guerra Mundial, la Doctrina Estrada establece la convicción de México de no utilizar el reconocimiento sobre la legitimidad de un gobierno extranjero como instrumento de política exterior. Esta doctrina fue innovadora en una época en la cual predominaba una interpretación constitutiva, la cual condiciona la clasificación de una entidad política como un Estado soberano al reconocimiento de otros Estados, y como tal es importante comprender su trasfondo.

 A lo largo del siglo XIX y la época revolucionaria, México fue víctima de múltiples intervenciones extranjeras, movimientos revolucionarios y élites fraccionadas que volvían el cambio de régimen por la fuerza – a diferencia de elecciones constitucionalmente sancionadas – una práctica común. Al depender del reconocimiento de otros países para consolidar su autoridad internamente, los distintos gobiernos durante los 1800s y el primer cuarto del siglo XX ponían a México en una situación vulnerable, en donde se concedían ventajas políticas y/o económicas a los países poderosos a cambio de ser reconocidos. A modo de ilustración, en los años pos-revolucionarios, Estados Unidos, como respuesta a la decisión de Venustiano Carranza de acabar con los privilegios de otras naciones en nuestro territorio, se negó a reconocer al Estado mexicano hasta que se modificara la Constitución para servir a sus intereses económicos, lo cual ocurrió en 1923 por medio del Tratado de Bucareli firmado por Álvaro Obregón. Así, años después, nace el rechazo de nuestro país hacia el intervencionismo y el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; al igual que su compromiso con la resolución pacífica de los conflictos y el derecho de un pueblo a decidir libremente su forma de gobierno y desarrollo.

De igual forma, vale la pena señalar que, más allá de una contribución al derecho internacional, la doctrina Estrada también fue increíblemente útil en el ejercicio del poder dentro de nuestras fronteras. Después de todo, no es una coincidencia que esta herramienta jurídica haya nacido prácticamente durante los tiempos del sistema de partido hegemónico y lo que más adelante conoceríamos como el régimen priista. De hecho, su uso sólo se ha visto interrumpido de forma notable durante los sexenios panistas. Enarbolando la idea de “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, la doctrina utilizada como tesis aislacionista representó igualmente un escudo efectivo frente a críticas desde el exterior sobre las limitaciones impuestas por el gobierno mexicano sobre la prensa y el arte, el control sobre los medios de comunicación, y el uso desmedido de las fuerzas estatales, notablemente en Tlatelolco (1968), el “Halconazo” (1971) y la masacre de Acteal (1997); aunque también en años recientes en San Fernando (2010), Tlatlaya y Ayotzinapa (ambos en 2014). Cual arma de doble filo, durante el siglo pasado y en matices del presente, la Doctrina Estrada ha sido tanto un instrumento clave en la consolidación de nuestra soberanía externa, como una coraza en la cual diversos gobiernos se han resguardado de juicios provenientes del exterior, clamando por la garantía de derechos humanos y la rendición de cuentas.

Dejando atrás el análisis de su concepción y regresando al espacio internacional, la doctrina Estrada otorgó a México grandes ventajas frente a la comunidad internacional. Al no ligar nuestras relaciones diplomáticas a un debate político-ideológico, con la excepción de la Segunda Guerra Mundial, cuando el contexto político llevó a nuestro país a romper lazos con los países del Eje; México pudo establecerse en mayor o menor medida, como un Estado mediador y constructivo y pudo mantener vínculos con todo tipo de regímenes. Tal fue el caso durante la Guerra Fría, período de excesiva polarización ideológica en la cual la neutralidad mexicana le permitió influir en la resolución de múltiples conflictos en la región. Frente al dilema entre la identidad revolucionaria, pro obrera y campesina del gobierno mexicano y nuestra cercanía con los Estados Unidos capitalistas, la ambigüedad de la doctrina Estrada hizo posibles acercamientos económicos a otros países latinoamericanos de izquierda y nuestra extensa relación con la Cuba post-revolucionaria y la Unión Soviética, manteniendo relaciones cordiales con EU, pero reiterando nuestra independencia política. Y es que, rechazar la práctica de reconocimiento en el derecho internacional ha representado para otros un ejercicio simbólico e inspirador frente a los abusos producto de actos unilaterales por parte de los Estados más poderosos. No obstante, todavía más importantes parecen ser las implicaciones de esta doctrina: un expreso rechazo a juicios unilaterales y a la imposición de “absolutismos” sobre conceptos clave en la jurisdicción internacional, como lo son la legitimidad, la democracia y el desarrollo. En pocas palabras, la Doctrina Estrada ha permitido a México jugar un papel progresivamente protagónico en los debates globales de manera convincente y sin juicios de valor, fomentando en el proceso el reconocimiento de nuestro país como una nación que promueve la cooperación y el diálogo entre la comunidad internacional.

Sin embargo, el mundo y México han cambiado drásticamente desde los años 30, cuando no existía la plétora de organizaciones internacionales de ahora; la protección y promoción de garantías individuales, en retrospectiva, era poca; y el dominio del Estado soberano en todos los aspectos políticos era prácticamente incontestable. Es por eso que es importante cuestionar la supremacía que la Doctrina Estrada otorga a la soberanía por encima de otros conceptos que hoy en día han cobrado mayor relevancia – con justa razón- como lo son los derechos humanos, el combate a la violencia, e inclusive la siempre-controversial, democracia. Frente a los gobiernos autoritarios de nuestro hemisferio y otros gobiernos dictatoriales, en una época caracterizada por una mayor integración y coordinación a nivel internacional, un marcado interés en la garantía de derechos fundamentales y nuevos actores políticos; el silencio de México, guiado por los principios de la Doctrina Estrada, parece anacrónico y negligente.

Esto no significa que dicha doctrina deba ser abandonada en su totalidad. Lo que hace falta es una conversación a nivel nacional que desarrolle nuevas concepciones partiendo de sus virtudes, que aprenda de otros aciertos en nuestra tradición diplomática y que se adapte a las nuevas realidades globales. Es importante que, a pesar de la distancia ya tomada de la OEA, nuestros vecinos latinoamericanos y la comunidad internacional, no se pierda en este sexenio la apertura al escrutinio internacional comenzado durante la presidencia de Ernesto Zedillo y asumida por el ex secretario de relaciones exteriores Jorge Castañeda durante el mandato de Fox.   Si deseamos que el México contemporáneo sea un Estado con responsabilidad global – una suposición audaz en sí misma -, se debe definir, por medio del diálogo honesto y una coordinación efectiva tanto dentro de la administración actual como con la sociedad civil, las prioridades de nuestra nación a corto, mediano y (especialmente) a largo plazo. Esto nos llevará a replantear los principios que rigen nuestras relaciones diplomáticas si es necesario, y forzosamente a contestar preguntas difíciles sobre nuestro lugar en el mundo más allá de etiquetas y clasificaciones superficiales. Para que México pueda afrontar las cuestiones más apremiantes de nuestro tiempo, el aislamiento que naturalmente crea la doctrina Estrada en su versión actual -la misma desde hace 90 años- no parece ser una opción viable, tanto por el contexto actual, como por la necesidad de respetar nuevas prioridades internacionales. Como tal, al mirar al exterior, debemos decidir dónde buscar alianzas y forjar coaliciones; incluso ser más proactivos y hacer nuestras propias en vez de unirnos a las ya existentes. Las grandes interrogantes a definir serán: ¿Qué principios valoramos, defendemos y representamos como una nación soberana e independiente que reconoce su responsabilidad con y ante la comunidad internacional? ¿Qué expectativas tenemos de nuestros aliados y vecinos? y ¿Qué criterios usaremos para evaluar nuestras relaciones diplomáticas?

A la Doctrina Estrada le debemos nuestra independencia soberana, relaciones diplomáticas únicas y prestigio a nivel internacional. También ha sido interpretada como un ideal incongruente, cobarde y anticuado. Con vistas al futuro, dicha doctrina nos ofrece importantes lecciones sobre principios de validez universal, sus limitaciones, y la necesidad de reinventarse ante nuevas responsabilidades globales.

Estudiante de Ciencias Políticas y Derecho Internacional en un Programa de Doble Titulación entre L'Institut d'Études Politiques de Paris (Sciences Po) y the University of British Columbia.

Obsesionado con el estudio del poder, me dedico a interpretar, evaluar y explicar eventos, patrones y estructuras de política.

Yucateco primero. Lo único que me gusta más que una buena conversación es un buen café

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