Amazing Van Gogh & His Capitalist Friends

Mamá quiso invitarnos a mi hermana y a mí a ver la exposición Amazing Van Gogh (&friends): la experiencia inmersiva presentada por Sensea Immersive, la cual, según su página de internet, ha sido galardonada (quién sabe por quién) como una de las mejores experiencias inmersivas. Al inicio no estaba muy convencida sobre si quería ir; tan solo leyendo el título en spanglish y de ver que la ubicación era en un centro comercial en San Pedro intuí para dónde tiraba la cosa. Mamá pagó los boletos, pero chequé en internet y el más barato era de 160 MXN. Vaya, sabiendo esto ahora me siento mucho más molesta por la pérdida de dinero (diría también de tiempo, pero lo salvó la convivencia con mi familia y que, a fin de cuentas, me dio buen material para escribir). 

El día de la exposición llegamos con una hora de anticipación, ya que según el recorrido es de aproximadamente 60 minutos con entradas cada 30. Y sí, eso podría durar si te detenías a leer todo, especialmente la típica y gigante línea del tiempo que se suele colocar en las exposiciones cuando el curador ya no sabe qué más poner para hacer bulto. Me he vuelto enemiga de esas líneas y me pareció una mala señal que esta estuviera enseguida de la entrada. Tenía la típica información que puedes encontrar en un artículo de Wikipedia, pero lo peor no fue eso, sino que la calidad de la impresión dejaba mucho, pero mucho que desear. 

No sé si se debía a que acababan de inaugurar el centro comercial Áuriga, pero la sala que eligieron para la exposición no fue la mejor; era un rectángulo muy chico y, al menos a esa hora, la iluminación artificial chocaba de forma espantosa con la luz natural (si queda algo de natural en este célebre sol de Monterrey) que venía alzándose por el oriente. Apenas entrabas y (otra red flag) los jóvenes que trabajaban allí te ofrecían comprar algo de su pequeña tienda de snacks. «¡Pueden comer y disfrutar de la exposición!» nos dijo un chico de forma amable, mientras mi hermana y yo nos echábamos una mirada de inquietud; de no saber qué clase de cosas nos encontraríamos sabiendo que muchísima gente había entrado con papitas y bebidas a aquella sala. Quién sabe, quizá sea agradable la nueva experiencia, pensé, por esta idea de la inmersión tipo cine/exposición, pero tampoco podía dejar de percibir el claro objetivo consumista. También, si lo deseabas, antes de entrar podías tomarte una foto delante de una pantalla verde. Esa la pasamos de largo, casi huyendo, y creo que fue una sabia decisión, ya que al final del recorrido nos alivió habernos ahorrado la vergüenza de vernos expuestas en la tienda de recuerdos; nuestros cuerpos flotando sin sentido en medio de una de las pinturas de Van Gogh.

Via Unsplash

En uno de los lados paralelos de la sala colocaron cuadros sin ton ni son; mal impresos (unos borrosos de tan estirados) y enmarcados en un marco dorado estilo barroco. Bueno, al menos todo estaba climatizado y era estéticamente proporcional (si te gusta la onda industrial de Nuevo León), pero no sé si fue buena idea (considerando al mentado sol) construir aquella sala estilo invernadero. Lo mejor logrado de la exposición fueron, además del pequeño recorrido con los lentes de realidad virtual, las maquetas gigantes de algunas pinturas, donde si lo deseabas podías adentrarte en ellas y tomarte fotos. Y digo que fue lo mejor porque la calidad de la impresión y las figuras era buena y, al menos para mí, logró rozar un poquito al tan promocionado efecto de la inmersión (fue gracioso reparar, sin embargo, en los malabares que hacía la gente para que en sus fotografías frente a la maqueta de La noche estrellada, no se notara que la punta del árbol negro estaba rota). Intentaron hacer lo mismo en una pequeña sala con proyecciones perimetrales de 360º, pero la calidad era malísima, además de que algunas pinturas se veían muy mal duplicadas y proyectadas una a lado de otra. Para rematar, no sé a quién se le ocurrió la brillante idea de agregar efectos digitales que, en lugar de realzar las pinturas, las empeoraba. Por ejemplo, una que no se veía tan mal era Almendro en flor, pero desmantelaron la experiencia al agregarle unas horrorosas flores claramente digitales cayéndole por delante. El sonido tampoco era nada del otro mundo. La gente se sentaba en el suelo alfombrado y los niños y niñas, como siempre, fueron los que más se divirtieron corriendo de un lado a otro, saltando entre los cojines y asientos. El momento más divertido de la exposición fue cuando una niña nos dio una pequeña función bailando con las luces de los proyectores. La gente le prestó más atención a ella que a las pinturas proyectadas. 

Luego de haber recorrido todo en unos veinte minutos, estábamos muy confundidas. Mi hermana nos contó que una amiga suya había ido a la misma exposición, pero de su ciudad, y no era nada parecida a esta. Me puse a buscar fotografías en Google y vimos salas gigantes donde proyectaban hermosos girasoles, una maravillosa maqueta de El dormitorio en Arlés, un busto de Van Gogh cubierto por sus pinturas y muchas cosas más que no habían estado en esta. ¿Por qué el de Nuevo León fue tan cutre? Tal vez por alguna operación del mercado capitalista que, como siempre, no puedo comprender (días después de escribir esto me enteré que, efectivamente, no era la misma exposición, sino un copia y que la de deveritas deveritas, una tal VangoghXperience —nótese el nombre más atlético—, vendría a Monterrey hasta octubre; abandonad toda esperanza, quienes tengan el capital para entrar).  

Si la idea era unificar al arte y la tecnología, para mí fracasaron. Ciertas formas capitalistas han vuelto desabrida a la distribución y producción del arte. Lo que importa es la relación política del arte con el mercado del arte. Más que una nueva representación de la obra de Van Gogh, pareciera una representación diluida; como si fuera refresco de máquina expendedora de un McDonald’s. Esta exposición «tecnológica» solo busca otra forma de extraerle a la ya sobreexplotada imagen de Van Gogh una nueva posibilidad de consumo. Una hasta siente que las pinturas se están volviendo simples filtros para jugar con tus fotografías, con tus selfies, independientemente del valor estético de las obras. 

Eso sí, lo que dice la página de que la exposición es un éxito, lo es, al menos en el sentido comercial. Ese día había muchísima gente (gente que podía costearlo) y la publicidad también era inmensa. Vi a varias comprar unas almohadas de dudosa calidad de La Gioconda (creo que eran sobras de otra exposición parecida de da Vinci) e irse, al parecer, muy satisfechos. Al final del recorrido le pregunté a mi hermana si creía que a Van Gogh le hubiera gustado vivir todo esto y ella me contestó: «Pues, en el sentido económico, sí. Ya no sería una carga para su hermano Theo, pero en el otro sentido yo creo que no». Exacto, pensé, es un horrible dilema del capitalismo: o el arte vende o no se distribuye masivamente, y pensemos en qué tipo de arte, si le agregamos además el tema de lo contemporáneo, su calidad cuestionable. 

Como decía, al menos las infancias se divirtieron.

Me interesa la gente y las diversas formas artísticas con las que se expresan. Procuro aprender y crear desde la empatía. Soy feminista y licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente vivo en Regiolandia con mis gatos.

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