Abrazando a la muerte

 

Más o menos, a la mitad de la película Kung Fu Pandade 2008, el maestro Oogway (reflejo de la experiencia y guía de los personajes principales de la película) muere en un entorno de paz y tranquilidad, justo después de decir lo siguiente: Mi tiempo ha llegado. Debes seguir tu camino sin mí. A continuación, es envuelto en una nube de pétalos de flor de durazno,mientras se desvanece en el aire. Sin duda, es una escena hermosa que refleja, desde mi punto de vista, la esencia en sí de lo que es la muerte. La confianza y la entereza con la que el maestro tortuga enfrenta su destino es algo a lo que deberíamos aspirar, ya que es una faceta natural de la vida que debemos encarar como lo que es: algo inevitable. Por ello, debemos abrazar a la muerte.

Hay dos cosas seguras en la vida: la muerte y los impuestos. Esta celebre cita de Benjamín Franklin es de lo más realista y retrata justamente la inevitabilidad de morir (incluso los impuestos pueden evadirse, la muerte no). Tras mucho tiempo de pensarlo, no existe nada más certero y exacto en la vida del ser humano que el simple hecho de que vamos a morir. Van a morir mis abuelos, mis padres, mi pareja y hasta mi perro. Voy a morir yo. Todo ser con vida lo hará: desde las almejas oceánicas con sus quinientos años, hasta las efímeras (nombre curioso) que mueren tras horas de haber nacido. Todo lo que inicia, acaba; todo lo que nace muere. Es por eso que, frente a esta certeza mortal, no debería existir miedo, recelo o repelús. Sin embargo, a la muerte se le huye y se le rechaza. Se le da apodos, con el fin de esquivarle y minimizarla (se “petateó”, por ejemplo), cuando no debería ser así. ¿Por qué temer a lo más certero de la vida?

Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía, aproximadamente, unos cinco años. En la primaria nos regalaron unos pollitos y tuve así mi primera mascota. Ilusionado, le hice su casa de cartón y le puse comida y agua. No duró ni una noche. Al amanecer, corrí a la cama de mis padres con un sentimiento de incomprensión y miedo: el pollito estaba frío y no despertaba ante mis insistentes llamados. Me costó mucho entender la situación, al igual que la muerte de Mufasa en el Rey León. ¿Por qué no despiertan? ¿Están dormidos? ¿Qué pasará ahora con ellos (sus cuerpos)? ¿Qué pasará con los que seguimos vivos (incluido Simba)? Justamente estas dudas de mi yo infantil son, creo, lo que dota justamente de miedo y huida al tema de la muerte: la incertidumbre. Irónicamente, es esta incertidumbre de la certeza de morir lo que genera tanto terror. Las preguntas que genera la muerte son las que nos erizan la piel al pensar en la nuestra o la de alguien cercano, no tanto en el concepto en sí. Ahora bien, antes estas incógnitas, todas las personas de la historia se han enfrentado a ella y es parte también del ser humano. Por lo tanto, no debemos temerle ni huir de ella.

2008 fue un año que quedó marcado en mi vida. Estaba en segundo de secundaria, era un adolescente de quince años que no dejaba de jugar al Grand Theft Auto IV, al Civilization IV o al Spore. Recuerdo la increíble inauguración de las olimpiadas de Beijing y de haber recibido a mí perro dálmata Chifu en casa. Desafortunadamente, también fue el año en el que mi abuela paterna murió tras meses de una terrible insuficiencia hepática. Fue la primera vez en la que estuve con un ser amado mientras moría. Fue mi primer enfrentamiento, aun siendo niño, con el dolor esta faceta certera de dejar ir a quien uno quiere. A quien vi en la cama no era mi abuela. Era solo un ligero esbozo de ella, rodeada de un sufrimiento y de un aura de tristeza. La certeza de la muerte es cierta, no la forma a través de la cual uno la alcanza. Mi yo de quince años chocó con una realidad que, poco a poco, me fue llevando a mi forma actual de plantearme lo que es morir. Creo que le damos mucho peso a la muerte como tal y no al cómo morimos. Justo eso es lo que uno tiene que agradecer a quien sea que uno quiera hacerlo: el cómo morimos. Mi abuela murió desgastada, cansada e inconsciente. La marca que esa escena dejó en mí no fue su muerte como tal, sino la imagen de alguien que se va de esa forma tan dolorosa. Mi mayor deseo para mí y mis seres queridos no es el no morir, sino el morir bien.

¿Y qué es morir bien? Bueno, ya que todos moriremos, yo considero que es hacerlo después de haber tenido una buena vida y acabar sin dolor alguno para sí mismo o nuestros seres queridos. Y creo que eso es justamente el objetivo de la vida por si misma; vida que no se entendería sin su ya determinado final. Una carrera no se entiende sin cruzar la meta. Subir una montaña no tiene sentido si no llegamos a su pico. Una canción o película no se disfrutaría si no tuviera un final. Como en estos ejemplos, si el final es bueno, el conjunto es bueno. Si nuestro final es afortunado, nuestra vida habrá sido un éxito.


¿Y qué de la incertidumbre de lo que hay después de la muerte? Bien, eso es caso aparte si me preguntan. Hay miles de respuestas (todas válidas, creo yo). Desde la reencarnación, hasta la resurrección, pasando por mi idea predilecta: la nada. Justamente esa incertidumbre del después es una certeza en sí que nos debe otorgar confianza y seguridad: todos nos enfrentaremos a ella y con el mismo miedo o calma. Sabiendo que la muerte es obligatoria y que la niebla posterior es igual a todos, creo yo que sólo podemos realmente preocuparnos por aquello en lo que sípodemos injerir, hasta cierto punto: la forma de la muerte. Y creo que el mundo eventualmente llegará a ello. La eutanasia es algo ya real y tangible en muchas partes del mundo. Los enfermos terminales pueden decidir irse dignamente y no siendo una sombra de lo que alguna vez fueron. Poco a poco, la muerte certera se está haciendo digna y eso, justamente, termina por generarme más calma.

En mi artículo de hace quince días, casi al final, exponía que mi mayor temor frente a la actual pandemia de coronavirus no era que yo me enfermase, sino que lo hiciera alguno de mis familiares más propensos a morir en caso de contagiarse. Y sucedió. Mi abuelo murió la semana pasada a causa de una “neumonía atípica”, cumpliendo mi frase como profecía. Justo por ello decidí hablar de este tema y ojalá pueda ayudar en ver a la muerte de otra forma a alguien más que se encuentre actualmente (o próximamente) en una situación como la mía. Mi abuelo, con sus más de ocho décadas, siempre tuvo a una familia que lo amó y le cuidó como nadie, sobre todo en su última etapa de vida. Puedo decir que murió bien y eso es lo que me ha reconfortado. Conforme pasaba el tiempo, la probabilidad de morir crecía y era cuestión de tiempo de que él diera ese paso que todos eventualmente daremos. Hay tantos ejemplos de muertes dolorosas, que honestamente agradezco que, ante lo inevitable, se haya ido rápido y sin dolor. Es difícil dejar ir, pero en caso contrario, uno estaría pecando de egoísmo. Parafraseando un poco: Tu tiempo ha llegado. Debo seguir mi camino sin ti. Te voy a extrañar abuelo.

Extra:

El gobierno de México parece ser de los pocos en el mundo que no otorgará algún tipo de facilidad o flexibilidad fiscal a las empresas que cerrarán temporalmente a causa de la emergencia sanitaria. “Cuando tu estas bien y todos los demás están mal, es que tú estás mal”, me dijo me madre alguna vez. 🙄

Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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