8M: En un país transfeminicida, la lucha también es nuestra

La muerte de una mujer trans también está ahí cuando se le niega un espacio en los feminismos, cuando se le desacredita como blanco de violencia machista y misógina.

Por: Láurel Miranda/Ciudad de México (@laurelyeye)

“Qué irresponsables”, me comentó un amigo luego de que personas trans y activistas comenzaran a exigir a las autoridades la investigación por la muerte de una mujer trans como posible transfeminicidio. “¿Irresponsables por qué?”, le cuestioné. “Porque algunas versiones apuntan a que fue suicidio”, respondió mientras yo permanecí anonadada con su respuesta. ¿Qué nos lleva a pensar que la única forma de terminar con la vida de las personas trans es a través del asesinato?

Cuando hablamos de transfobia solemos referirnos a ella de una forma simplista y llana como la discriminación por motivos de identidad de género. Dicho así la palabra apenas resulta problemática, pero en realidad se trata de un sistema de opresión que se manifiesta de múltiples formas y que, sí, al llegar a sus últimas consecuencias significa la muerte (o asesinato, mejor dicho) de las personas trans.

La muerte de una mujer trans

Pero debemos decir, también, que la muerte de una mujer trans comienza ahí cuando es expulsada de casa ante la transfobia de sus padres. La muerte de una mujer trans está ahí cuando ningún negocio ni empresa le conceden un trabajo ni salario dignos. Está ahí cuando sabemos que en México una de cada tres personas no le rentaría una vivienda a una persona trans. Está ahí en los chistes transfóbicos, en los titulares de los medios que nos llaman “hombres vestidos de mujer”, en los discursos de feministas radicales transexcluyentes que nos construyen como potenciales violadores y agresores de mujeres cisgénero. Está incluso ahí en las declaraciones y los textos de escritoras, periodistas, políticas y académicas que legitiman el supuesto “borrado de mujeres” y, por ende, la lucha contra de ello, una lucha que atenta contra los derechos de toda persona que no se ajuste al binario sexual y de género.

La muerte de una mujer trans está ahí cuando no se le permite ser, cuando no se le permite expresar sus miedos, preocupaciones, necesidades y falta de derechos; en fin, cuando se le niega espacio en la lucha contra el cisheteropatriarcado, contra el machismo más recalcitrante, ése que no sólo nos hace ser un país feminicida, con 11 asesinatos de mujeres cisgénero cada día, sino también el segundo país con mayor número de transfeminicidios sólo por detrás de Brasil. Hablo por supuesto, de que la muerte de una mujer trans está ahí cuando se le niega un espacio en los feminismos, cuando se le desacredita como blanco de violencia machista y misógina, cuando se le pide callar para no herir susceptibilidades… o para respetar espacios que deberían funcionar para la conquista de derechos y no para la restricción de ellos.

Sí, somos apenas una minoría social, pero eso no debería implicar una nula o limitada presencia de nuestras voces en la esfera pública. Debemos responsabilizarnos como sociedad: la muerte de las mujeres trans también está ahí cuando somos incapaces de pronunciar siquiera un par de nombres de académicas trans, científicas, periodistas, políticas trans; en fin, cuando nos percatamos de que no hay las suficientes voces de mujeres trans para que podamos poner sobre la mesa los temas que nos preocupan, que nos atraviesan. O, que de haberlas, nuestros espacios son acotados, censurados o minimizados.

Sería ingenuo pensar que es fortuito que el número de suicidios (o intentos de) entre personas trans sea mayor en comparación con la población cisgénero e, incluso, también en comparación con el resto de la población LGB. Según el Centro para la Prevención del Sucidio en EU, entre el 22 y y 43 por ciento de las personas trans han intentado suicidarse alguna vez en su vida, mientras que son dos veces más propensas a pensar en quitarse la vida en comparación con lesbianas, homosexuales y bisexuales. ¿Qué decir de la salud mental, que también se ve afectada por los constantes actos de violencia física, verbal, psicológica y digital simplemente por motivos de identidad de género?

Nuestrans vidas importan

Qué fácil es lavarnos las manos y pensar que los transfeminicidios son sólo responsabilidad de quienes cometen los crímenes de forma directa. Qué fácil (y cínico) es pronunciar frases como “a ustedes las matan los hombres cisheterosexuales, no nosotras”, mientras al mismo tiempo se condenan frases como “a los hombres también nos matan”. Los asesinatos de mujeres trans son apenas el último eslabón en una cadena de violencias de la que somos responsables todxs.

¿Recuerdan el caso de Alexa en Puerto Rico? A esta mujer trans, racializada, precarizada y con condición de neurodivergencia la asesinaron hombres cisheterosexuales, efectivamente, pero el transfeminicidio ocurrió luego de que el rostro de Alexa se hiciera viral en redes sociales debido a un incidente en el que mujeres cisgénero la denunciaron por utilizar un baño público acorde con su género.

Cuando sostenemos que la transfobia, igual que la misoginia, racismo y homofobia matan, no lo decimos sin sustento. La violencia y los asesinatos contra mujeres trans también parte de la construcción social que todxs, sin importar identidad de género u orientación sexual, hacen de nuestras identidades. Porque al presentarnos ante el mundo como monstruos, como motivo de burla o como potenciales amenazas (todo al mismo tiempo, además), nos convierten en blanco del machismo y la transfobia. En otras palabras, nos colocan frente a nuestro transfeminicida, mientras nosotras sabemos que el próximo 8 de marzo no gritarán nuestro nombre, pero sí, en cambio, sostendrán nuevamente que en la lucha feminista no hay espacio para las mujeres trans.

Ése es el escenario que hoy tenemos enfrente y contra el que -con o sin su permiso- vamos a luchar. Porque nuestrans vidas importan y también tenemos derecho a defenderlas. Por eso este 8 de marzo, si México es un país transfeminicida, la lucha contra el patriarcado también es mía, también es nuestra.

¡Lee a las invitadas e invitados de YucaPost!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *