88 de Enero

Muchas y muchos de nosotros iniciamos febrero con la esperanza de que este mes efectivamente dure menos de 30 días. Entre sucesos relevantes a nivel social y colectivo, así como tormentas personales, seguramente no pocas personas se sintieron en los primeros minutos del segundo mes del año, como quien entra al futuro noqueado por un pasado que duró más de lo que debía.

Naturalmente, todo se encuentra en orden con las vueltas de la tierra alrededor del sol y las de la luna alrededor de nosotros, la sensación de infinito depende de la percepción de cada quien sobre lo vivido. De cualquier forma, más que dar vueltas filosóficas sobre la duración de enero, este post únicamente pretende hacer una breve reflexión acerca de dos acontecimientos que tuvieron lugar en el estado donde no pasa nada, antes siquiera de que el año 2020 llegara a sus primeros 30 días.

Una de las características más conocidas y ­–de algunas décadas a la fecha de las más promovidas, del estado de Yucatán, es la virtud de que el mundo podrá terminarse en el mismísimo Armagedón, pero esta planicie calcárea permanecerá intacta, cual Arca de Noé sobre el monte Ararat.

Mucho se especula sobre las causas de la supuesta paz tan cacareada, desde pactos de facto con el crimen organizado, hasta la bondad innata de las y los yucatecos: tranquilitos (con una sociedad civil en general poco politizada y que apenas se organiza), “buenitos” (muy cercanos a la caridad y el asistencialismo), amables y cálidos (siempre y cuando no seas un huach que planee quedarse a vivir aquí). La capital, Mérida, figura en los primeros lugares de los rankings de “La mejor ciudad del mundo para vivir”, “las ciudades más seguras de México” o “las ciudades con la mejor calidad de vida”. La fragilidad de estas afirmaciones tan convenientes, se hace patente cuando se cuestionan: ¿La mejor ciudad, la más segura, con la mejor calidad de vida… para quiénes?

Entre el 13 y el 14 de enero, ve la luz en twitter la cuenta @metoomerida que puso a temblar a hombres yucatecos (que tuvieran algún motivo por el cual temblar, creo yo). Las denuncias ahí expuestas, evidenciaron lo que muchas mujeres yucatecas sabemos desde la adolescencia o antes: nunca estamos completamente seguras y esto poco tiene que ver con la ropa, el contexto o cómo elijamos divertirnos. Testimonios anónimos, pero también con nombre y apellido, dieron cuenta de la diversidad de fuertes historias, pero todas con los denominadores comunes de la impunidad, el entendimiento del poder desde la masculinidad hegemónica y el pacto patriarcal que encubre a los congéneres.

La ola de testimonios polarizó a quienes fueron alcanzadas por ella, pero sobre todo expuso que, aún en la ciudad más segura del país, las niñas, adolescentes y mujeres adultas estamos sujetas a una violencia de género que es sistemática, sistémica y estructural, sin importar si bebemos o no alcohol, si salimos a divertirnos o estamos en la universidad u oficina, si el agresor es un desconocido que nos cayó bien en primera instancia o es nuestro mejor amigo, maestro o familiar.

La sociedad yucateca no se recuperaba todavía de la tormenta furiosa del @metoomerida, cuando el domingo 19 del eterno mes de enero, corrieron velozmente las crónicas ciudadanas de la una nueva represión estatal con lujo de violencia hacia manifestantes, en lo que va de la administración de Mauricio Vila (recordemos la suscitada el 25 de noviembre, donde se detuvo de forma arbitraria a 6 jóvenes, justo antes de iniciar la marcha de silencio para conmemorar el día internacional contra la violencia hacia las mujeres). Ese domingo, mientras el titular del ejecutivo realizaba su primer informe de gobierno, yucatecas y yucatecos de todas las edades, salieron a protestar en contra de alzas en los impuestos, al llegar cerca de la sede del evento, fueron recibidos por elementos de la Policía estatal, quienes respondiendo a “agitadores profesionales provenientes de otros estados”, arrojaron gas lacrimógeno al contingente y detuvieron al menos a tres personas.

¿Podríamos hablar de paz en un contexto de represión de la protesta social?, ¿Desde dónde este gobierno entiende la paz?, ¿Será algo parecido a la ausencia absoluta de conflicto o más bien al bienestar, un tejido social fortalecido y los derechos garantizados?

El discurso de la paz y seguridad inherentes a este pedazo plano de país es cada día más frágil, porque no basta con que no pase nada (¿de verdad no pasa nada?), sino que todas las personas que habitan este territorio tengan la capacidad de desarrollarse plenamente y en comunidad, así como ser escuchados al manifestar sus inquietudes y denuncias.

Mucho se movió este mes eterno, por dentro y por fuera, en lo personal y en lo colectivo. Seguramente, ya cansadas y cansados (¡tan pronto!) nos recordó todo el camino que nos falta por recorrer, pero también todo lo que nos falta por luchar y por aprender. A pesar de todo, el mes más largo del año (esperemos), nos recuerda que hasta lo que se antoja infinito, se termina.

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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