12 razones por las que consumir contenido sexual y porno no debería ser condenable

El porno y el consumo de contenido sexual han cambiado con el tiempo. Antes se hacía desde revistas o videocasetes (los famosos vhs) y había un lugar en específico, ya fuera un lugar de renta de películas, una sala de cine con proyección de cine de ficheras o un puesto de revistas. Sin embargo, como todo, el contenido sexual (y con ello el trabajo sexual virtual) se ha modificado debido a la proliferación de internet y el acceso a la misma, ahora podemos consumir este contenido desde nuestros cuartos, nuestras salas o cualquier lugar donde tengamos conexión a la red.

Poster de Cine de Ficheras, Bellas de noche parte II, 1977.

Si bien existen prácticas cuestionables dentro de la industria del porno —sobre todo por la falta de derechos a las actrices/actores porno y la reproducción de estereotipos raciales y de género— la condena moral que se hace desde la cristiandad, o desde los feminismos hegemónicos, no ha hecho más que criminalizar una práctica sexual que permite explorar las diferentes formas y expresiones sexuales y, sobre todo, criminalizar la vida y profesión de las actrices y de las trabajadoras sexuales virtuales.

El condenar el trabajo sexual virtual sólo estigmatiza una profesión que es igual de valiosa que cualquier otro trabajo. El problema es que sólo se cuestiona al trabajo y la explotación laboral cuando involucra el uso de los genitales. Es por eso que, tanto la práctica como el consumo, no deberían ser actividades cuestionables moralmente, ni mucho menos condenables penal o socialmente:

  1. No existe un parámetro normal o “real” de la sexualidad. Nuestras prácticas sexuales no sólo están determinadas por el consumo de pornografía o de contenido sexual autónomo.
  2. La violencia sexual no tiene su génesis en el trabajo sexual virtual ni en el porno, suponer esto es negar la historicidad del patriarcado y su función controladora a partir del control de la sexualidad. Esto es como decir que la violencia se genera y se magnifica por el uso de los videojuegos, como si la industria de la guerra no fuese la expresión máxima de cómo el capitalismo se nutre de la violencia.
  3. El trabajo sexual virtual ha creado nichos para todo tipo de cuerpos. Esto no exime que se reproduzca la estética dominante de los cuerpos hegemónicamente bellos, pero este hecho se ve mucho más explotado en Hollywood, la industria de la moda y les influencers de redes sociales.
  4. El consumo de contenido sexual no determina tu nivel de productividad. ¿Por qué disfrutar de nuestra sexualidad nos limitaría? ¿Qué acaso estamos en la edad media?
  5. Las prácticas BDSM no son sinónimo de sumisión femenina, al contrario, éstas pueden crear mejor comunicación entre las parejas, así como el establecimiento de límites. No a todes nos debe de gustar y también está bien.
  6. No te salen pelos en la mano si te masturbas, así como no pierdes sensibilidad física ni emocional por consumir este tipo de contenido. Lo mejor sería consumir contenido creado por trabajadoras sexuales virtuales autónomas y pagar un precio justo por el trabajo de quienes están detrás de la pantalla, recordemos que también son personas y que viven de ello.
  7. Puedes ver porno o contenido sexual autónomo con tu pareja y se pueden excitar juntes. Esto es parte de la variedad de prácticas sexuales que existen en el mundo y esto no significa que no le estás prestando atención a tu relación.
  8. En la iglesia siempre nos hablan de que coger antes del matrimonio está mal, de que estar con una persona de tu mismo sexo está mal, de que transicionar está mal y de que consumir contenido sexual está mal. ¿Por qué dar un juicio moral a una actividad que no debería tener una norma? Ninguna práctica sexual es “normal”, todas son normales. El tener una medida así sólo genera cierta expectativa paternalista de lo que se debe ser y hacer, negando la diferencia y la identidad de quienes no entran en esta norma sexual.
  9. Repitan después de mí: consumir contenido sexual no nos hace enfermos ni anormales.
  10. El consumo o la creación de contenido sexual no implica ninguna pérdida moral. El pensar esto reproduce dos estereotipos: 1) que sólo los hombres ven porno por su “naturaleza salvaje”, como si las mujeres no pudiéramos disfrutar de lo mismo; y 2) que hay mujeres buenas y mujeres malas, siendo estas últimas las que crean/consumen contenido sexual y no siguen la “norma” de lo sexual.
  11. En vez de condenar el consumo de contenido sexual, apostemos por un contenido fuera de la norma y autónomo; respetemos el trabajo de las actrices y trabajadoras sexuales virtuales; no supongamos que es una profesión indigna o que no merece respeto. Recordemos que muchas trabajadoras sexuales y trabajadoras sexuales virtuales también hacen una labor de trabajo emocional muy fuerte. No pensemos que es un trabajo fácil, ni que es un trabajo forzado.
  12. Finalmente, trabajo sexual no es lo mismo que trata. Hacer este símil sólo crea peores condiciones de trabajo y más riesgos para las trabajadoras. Es necesario aclarar que no defiendo el subir contenido sexual sin consentimiento de las partes involucradas, ni mucho menos la creación de contenido con menores de edad, eso no sólo es ilegal, eso es explotación y pedofilia.
Extraído del documental Cam Girlz, 2015, Sean Dunne.

El trabajo sexual y el trabajo sexual virtual han afrontado al control hegemónico y al disciplinamiento del cuerpo que se gesta a través de la sexualidad, “rompiendo dos mandatos sociales: el uso libre del cuerpo, dejando de lado la censura de ciertas prácticas sexuales; y el uso de la sexualidad como actividad económica destinada al placer. Sin embargo, para la sociedad esta trasgresión no merece ser visibilizada y necesita ser controlada, por lo que las trabajadoras sexuales son relegadas a la oscuridad, a la secrecía, a la informalidad o al internet.”

Al final, el consumir o no contenido sexual es optativo, pero el abogar por la criminalización del trabajo sexual y el trabajo sexual virtual está afectando directamente la vida de las personas que lo ejercen y de quienes dependen económicamente de ellas. Como postulan Juno Mac y Molly Smith (2020, p. 47),

“Hoy la agenda en contra de la prostitución [esto incluye al trabajo sexual virtual y la creación de contenido sexual] se centra en erradicar el trabajo sexual a través de sanciones más severas para los clientes. A pesar del hecho de que su movimiento se compone casi exclusivamente por quienes ya no comercian con el sexo y por quienes nunca han vendido sus servicios sexuales, el activismo en contra de la prostitución trabaja para eliminar los medios por los que hoy en día otras personas venden servicios sexuales. Muy pocas de ellas se verán materialmente afectadas por las políticas sobre prostitución.

El componente de clase es importante en este aspecto, porque desde afuera y como “salvadoras”, el activismo en contra del trabajo sexual y del trabajo sexual virtual no logran ver las consecuencias a corto y largo plazo para las trabajadoras. Al final se trata de autonomía corporal, del derecho a decidir por nuestros cuerpos y del respeto a las trabajadoras sexuales virtuales.

Mujer morena, activista y feminista decolonial y antirracista veracruzana. Maestrante en Teoría y Crítica de la Cultura en la Universidad Carlos III de Madrid. Internacionalista formada en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y la Universidad de Pretoria en Sudáfrica. Profesora adjunta en la UNAM e integrante y co-fundadora de la Colectiva Feminista “Dignas Hijas”. Escribe sobre sexualidad y América Latina a partir del estudio de la cultura desde un enfoque decolonial, con el fin de desmitificarlas y evidenciar estereotipos racistas, misóginos y coloniales. Además, menea la cola con funk y reggaetón.

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