Privilegio y recreación: no se trata de ti

A veces hablo o escribo demasiado pronto. Es un vicio que, en mi caso, nace de un excesivo optimismo que aún no termino de decidir si me lo quedo o lo trabajo en terapia. Estos días recordaba con algo de gracia, dos textos que escribí para este blog que podrían ser muestra perfecta de lo anterior: 88 de enero (http://yucapost.com/politica-y-sociedad/88-de-enero/), acerca de la percepción generalizada de que el primer mes de este año había durado demasiado y que habían sucedido demasiados eventos sumamente movilizadores en lo personal y en lo colectivo; y Sanar, encontrarnos, llorar a nuestros muertos, tomar nuevas decisiones. En ese orden (http://yucapost.com/politica-y-sociedad/sanar-encontrarnos/), escrito a unos cuántos días de haber empezado la cuarentena en México, una reflexión crítica pero muy esperanzadora de los aprendizajes del breve aislamiento acumulado hasta el momento y el futuro pos-Covid19 (vamos, no fui la única que creyó que sería cosa de unas cuantas semanas).

Hoy, el panorama luce dramáticamente distinto y no es que la esperanza se haya mudado para siempre, pero ya solo queda lugar para una esperanza menos ingenua, más indignada y dispuesta a la incomodidad.

Mucho se habla del accionar del gobierno federal y estatal en cuanto al “manejo” de la pandemia que hoy azota nuestro país. Calificaciones que van desde la negligencia y subestimación, hasta el autoritarismo y una política farandulera ocupan en estos momentos los debates públicos al respecto, pero lo que me tiene escribiendo el día de hoy, no son aquellas personas de traje y corbata o camisas blancas inmaculadas (a pesar del agua fangosa de las inundaciones), sino otro grupo protagonista de esta crisis, las y los ciudadanos, en especial quienes nos encontramos en situaciones de privilegio.

Antes de continuar, quisiera desmenuzar a qué me refiero cuando hablo de personas en situaciones de privilegio en este contexto cuarenténico, para poner un punto de partida en común: Persona en situación de privilegio, es aquella que cuenta con un trabajo formal, que le permite la opción del home office o al menos en donde se toman medidas sanitarias responsables y adecuadas; también, una persona en situación de privilegio es aquella cuyo estilo de vida le permite la posibilidad de destinar parte de su ingreso a actividades recreativas que representan un gasto: ir a un restaurante, bares, organizar una reunión con amigues y/o familia, ir a una tienda o centro comercial a comprar artículos que no son de primera necesidad, salir de la ciudad por unos días para “cambiar de aire”, participar de bodas o eventos del estilo que pueden esperar, etcétera. Hago énfasis en la palabra “posibilidad”, puesto que seguramente hay muchas personas que cuentan con dichas opciones, pero no las llevan a cabo por el motivo que fuere. Evidentemente, las condiciones enlistadas líneas arriba, denotan ciertas comodidades económicas y sociales que las permiten existir.

Bien, habiendo aclarado lo anterior, me gustaría poner sobre la mesa un elemento que se antoja sorpresivamente ausente en estos tiempos: el sentido de colectividad.

Alrededor de 120 días han pasado desde que inició el período de cuarentena en nuestro país y el paso de los meses, ha hecho que el colchón económico de muchas familias, así como la consciencia –o miedo ante la posibilidad de un contagio se vayan diluyendo naturalmente. Lo primero resulta sumamente comprensible a partir de un análisis muy básico de la realidad estructural de México: un enorme porcentaje de personas económicamente activas, no cuenta con un trabajo formal con garantías de seguridad social o que pueda ser realizado desde casa, de igual manera y como es sabido, muchas personas perdieron su trabajo por diversos factores y muchas pequeñas y medianas empresas se vieron obligadas a cerrar, imposibilitando a gran parte de la población a “quedarse en casa” como rezan las campañas de la secretaría de salud.

Hablar de clases sociales es un deber en toda reflexión alrededor de los impactos de esta pandemia. No es el hilo negro, pero a algunos les resulta incómodo: la huella de este virus es más profunda en las personas en situación de pobreza de lo que lo es en la clase media y alta. El estudio “Mortalidad por Covid-19 en México” del CRIMM de la UNAM arroja datos sumamente reveladores que sustentan la premisa de que la clase social sí importa. El estudio no habla de quiénes se enferman más, sino de quiénes se mueren más; esto, está relacionado con factores de índole sociodemográfico: el 71% de las muertes por Covid-19, son de personas con una escolaridad máxima de primaria o menos; el 46% de las muertes son de personas jubiladas, que trabajan en la informalidad o de plano desempleadas; más de la mitad de las muertes ocurrieron en unidades médicas destinadas a personas que no cuentan con seguridad social.

Creo que, en este punto del texto, es un poco más clara la distinción que hago entre una situación de privilegio y su contraparte. Nos encontramos, pues, frente a un sector importante –la aplastante mayoría, de la población para quien quedarse en casa no es una opción real y otro sector de la población, para quien abstenerse de actividades recreativas y/o sociales como las ya mencionadas, es no solo posible, sino que no le representa costo económico alguno. El primer grupo, está en constante riesgo de contagio y no tiene elección (morir de hambre o morir enfermo), el segundo grupo, goza de bastas herramientas y recursos para disminuir al mínimo su riesgo de contagio y desafortunadamente, como hemos atestiguado en redes sociales (o peor, en vivo y en directo), elige no usarlas.


“Pues es decisión de cada quién hacer o no la cuarentena, cada persona decide si se cuida o no”, es una afirmación que me ha tocado leer en no pocas ocasiones en redes o conversaciones virtuales. Y pues… no ¿Por qué no? Porque no se trata solo de ti y tus acciones u omisiones en cuanto a cuidados, aislamiento y demás medidas significan la diferencia entre la vida y la muerte para muchas personas, en especial para las que se encuentran en una situación de menos privilegio. El contagio evitable (el que se dio en una fiesta o en una tienda departamental), puede estar ocupando la cama, el ventilador y al agotado personal médico al que ya no tendrá acceso la persona que se contagió en su centro de trabajo o en el transporte público yendo a conseguir el sustento para su familia. El contagio evitable (el que se dio en algún yate navegando en la costa yucateca o la boda con sana distancia), puede ser la causa del contagio de quien no puede simplemente no ir a ganarse la vida un día, de la trabajadora doméstica, del chofer o la persona en la caja del supermercado.

“Pues, ya, cada quién ¿no?”, no. Un mundo en donde la decisión personal más pequeñita no afecta a otras personas no existe, nunca existió y menos ahora que la saturación hospitalaria ya le explotó en la cara a nuestros gobernantes.

“Si sales o no es tu problema”, no. Es de todos y de todas y más aún de las personas en situaciones no privilegiadas, para quienes la recreación ni siquiera es un pendiente, sino un sueño lejano o un lujo. No somos islas, somos comunidad, o hacia ahí deberíamos caminar para afirmar que salimos de ésta, siendo mejores de como entramos. Aunque sea por esta ocasión.

Referencias:
Mortalidad y Covid19 en México, CRIMM (2020), se puede consultar en: https://web.crim.unam.mx/sites/default/files/2020-06/crim_036_hectorhernandez_mortalidad-por-covid-19_0.pdf

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

Una respuesta a «Privilegio y recreación: no se trata de ti»

  1. Muy bien acertado. Esto que estamos viviendo no se asemeja a una guerra pero esto se está convirtiendo en una lucha de supervivencia en donde la paciencia y esperanza se va turnando por personas que aún no miran más allá de sus necesidades sociales y egoísmo por capricho infantil.

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