Lecciones que me dio el Covid-19

Este es un texto para quienes, como yo, están hartas y hartos del encierro. Hoy no escribí de política, hoy decidí darle un apapacho al corazón. Les quiero compartir algunas lecciones o reflexiones que he tenido durante este proceso de encierro, y espero que, así como me sirve y me apapacha a mí plasmarlas, a ustedes les apapache leerlas. A lo mejor algunas les parecen obvias, pero repetirme estas lecciones me ha servido para sobrellevar las situaciones consecuentes del encierro, y el encierro mismo.

Uno: no tengo el control.

En lo personal, me gusta tener todo controlado y bien calculado. Pero esta situación mandó mi agenda, mi calendario, mis recordatorios, y básicamente mis planes, al caño. Ahondaré más en el siguiente punto sobre porqué considero que esto acaba siendo un privilegio, pero no voy a negar que es, de entrada, muy estresante para una persona tan obsesiva con el orden de vida como yo.

Si algo me ha enseñado la cuarentena, es que no tengo el control sobre nada, mas que sobre mis decisiones y mis reacciones. No tengo el control sobre lo que pasa en el mundo, sobre las situaciones que afectan mis planes, ¡ni siquiera tengo el control sobre los afectos que comparto! Esto creo, fue lo más evidente en mi día a día. Las relaciones cambiaron junto con el mundo, y esto significa que no siempre voy a sentirme dispuesta a responder Whatsapps, a ver a mis amigas y amigos en Zoom, o a contestar el teléfono, y viceversa. Nuestros afectos no tienen porqué operar de la misma forma en que operaban en la normalidad, porque ni siquiera nosotros y nosotras mismas operamos de la misma forma.

¿Qué hice cuando me di cuenta de que no tenía el control sobre casi nada?Resignación. Por más curioso que suene, fue enfrentarme a una especie de luto: primero traté de recuperar –desesperadamente– lo que había perdido. Luego me frustré y me enojé conmigo misma y con las circunstancias por no poder hacerlo. Después, no quería enfrentarme a esa idea: perdí el control sobre mi vida. Luego pasé como una semana sin ánimos de nada, y lloraba un poco. Y luego, lo acepté. Me resigné y no me quedó otra opción, mas que hacer uso de las herramientas modestas que tenía para tomar el camino de la resiliencia. Tomé los pedazos de motivación que me quedaban, y comencé otra vez: me cuidé a mí misma, comencé una serie, platiqué con las personas que me hacen feliz, y así poco a poco fui reconstruyendo una rutina, fui a rearmando los planes, pero también a fui aceptando las pérdidas. Pérdidas de afectos, y también nacimientos de otros nuevos.

Y siento que una vez que entiendes esto, no hay vuelta atrás.Dejas que todo fluya un poco más, y comienzas a preocuparte únicamente por las cosas que sí puedes controlar y decidir. Si hay pocas cosas sobre las que tengo el control, que sean cosas sanas. Dejas de querer perder el tiempo con cosas que no te edifican, y comienzas a invertir tiempo –más valioso que el oro–, en aquellas cosas y relaciones que sí lo hacen. ¿Algo cambió? Me adaptaré –a mi tiempo, a mis formas, a mis lágrimas y a mis risas, pero lo haré–. ¿Alguien se fue? Si tiene que regresar, lo hará. Y si no, que su vida sea feliz y plena. ¿Estoy obsesionándome de más con controlar otra vez? Paro. Respiro. Pienso. Escribo. Lloro. Sonrío. Sigo.

Soltar el control y solo tomarlo para lo que me corresponde, es de las mejores decisiones que pude haber tomado. Ojalá que les sirva.

Dos: soy privilegiada.

En el apartado anterior, menciono cómo el coronavirus cambió mis planes. Pero, qué afortunada soy de que lo único que haya cambiado, sean mis planes, ¿no? Hay personas a quienes les cambió la vida por la pérdida de un ser querido, por la pérdida de un trabajo, por la pérdida de su misma vivienda. Qué privilegiada soy. Cuántos factores tengo a mi favor, que lo único que cambió, fueron los planes a corto plazo, pero no mi futuro ni mi calidad de vida. Privilegios, privilegios, privilegios. Creo que esa palabra se ha puesto muy “de moda”, porque últimamente ya escuchamos en todos lados. Pero su resonancia no es vacía, y tampoco debería de ser infructífera. Creo que uno de los pasos más importantes que tenemos que dar como personas, es concientizarnos acerca de toda la serie de estructuras que nos benefician en muchos sentidos, pero que no así a otras personas. Son privilegios. Y por definición, los privilegios no son generalizados a toda la sociedad, pues solo unas y unos cuantos cuentan con ellos.

La pandemia no ha hecho sino evidenciar y agudizar las enormes desigualdades que existen entre distintos grupos en el país, y esto me ha puesto a reflexionar mucho. Para empezar, yo puedo hacer cuarentena. Pero el 60% de la población económicamente activa en México, no puede, porque depende de un trabajo informal que no cuenta con ningún tipo de prestación o garantía, mas que la de la discreción del patrón. De esto es muy fácil deducir entonces, porqué la mayor parte de las muertes (aproximadamente un 70%) registradas por coronavirus, se han dado entre la población que tiene educación primaria nada más, y que además no cuenta con seguro social, pues no está adscrita al programa como trabajadora formal. Al poder hacer cuarentena, mi riesgo de enfermarme es bajo; y si me enfermara, tengo la certeza de que seré atendida.

Creo que esta desagradable situación, nos sirve a todas y todos para concientizarnos sobre nuestros privilegios y facilidades; no para auto flagelarnos en sentido figurado, sino para saber canalizarlos. ¿A qué me refiero? Bueno, si no tienes que salir de tu casa y puedes no hacerlo, no salgas. Si no es por ti, sí por el grueso de personas a las que podrías afectar, y que no tendrían el mismo acceso a servicios de salud que tú tienes. Canaliza tu privilegio de forma que, si ya entendiste el piso tan disparejo en el que nos encontramos, no lo utilices a tu favor individual; utilízalo para el beneficio colectivo. Ejerce responsabilidad social, no pienses solo en ti. Al menos, repetirme esas palabras me sirve a mí para no perder la noción de realidad que me rodea.

Tres: no necesito cumplir expectativas.

“¿Cuántos libros has leído durante la cuarentena? ¿Cuántos cursos has tomado en Coursera? ¿Ya cumpliste con algún reto fit?” Tenemos una obsesión con la famosísima productividad. ¿Qué pasa cuando no tengo ánimos para ser productiva? No cumplir con las expectativas que sentimos impuestas en un mundo tan interconectado a través de redes, puede ser un proceso muy difícil. Por mi parte, decidí desistir.

No digo que nos dejemos caer permanentemente, pero a veces sí es necesario dejarse caer para levantarse y luego seguir. Cada quién a sus tiempos. Cada quién en lo que quiere. Porque, noticias: estamos en medio de una situación extraordinaria. Y en medio de situaciones extraordinarias, cada quién tiene sus tiempos y formas de adaptarse, o no. Yo decidí desistir de las expectativas, y decidí que si iba a comenzar algún reto de ejercicio, si iba a comenzar algún libro o algún curso, iba a ser porque quiero. No porque “tengo que hacer algo con mi tiempo”, sino porque quiero hacerlo. Y si no quiero hacerlo, no lo haré. Y si un día quiero hacer ejercicio, lo voy a hacer, pero por mí. Y si decido permanecer constante con algo, será también porque yo lo decidí.

Las expectativas pasan a un plano irrelevante cuando lo que está de por medio soy yo, y mi salud emocional, mental y física. Al carajo con las expectativas, que a mí ya no me van a encadenar. Ojalá que podamos vivir este proceso a nuestro ritmo, a nuestra posibilidad, y sin expectativas tontas.

Esas son tres reflexiones/aprendizajes que me ha dejado esta experiencia. De corazón, espero que de algo sirvan.

Tengo 22 años, estudio Relaciones Internacionales en el ITAM y soy feminista. Crecí en Mérida.

Me apasiona la política, la historia y estudiar a los Estados.
Mis temas son: democracia, populismos, política exterior y feminismos.

Aquí escribo mis opiniones y estoy en continuo aprendizaje.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

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