Las emociones en la intensidad

-Fernanda Pérez

Desde que tengo memoria, las emociones han estado presentes con gran ardor en mi vida. Crecí siendo una niña que lloraba en todas y cada una de las películas que veía (sí, hasta Polly Pocket). Crecí siendo una niña que cuando se enojaba lo sentía desde la cabeza hasta los pies, que tenía que gritarle a una almohada y llorar por la frustración. Crecí siendo una niña que cuando sentía tristeza, me llenaba el frío todo el cuerpo y sentía un profundo vacío, pero al mismo tiempo palpitaba un dolor agudo en mi pecho. Y desde muy chica aprendí a reconocer todas esas emociones que atravesaban mi cuerpo y dejaban marca, creyendo que así experimentaban las emociones todas las personas. Sabía perfectamente cuándo entraba la tristeza, cuándo salía la felicidad y cuándo estaba presente el enojo.

No fue hasta que llegué a la preparatoria que me di cuenta que no todas las personas experimentamos y reconocemos nuestras emociones de la misma forma. Tal vez no fue la primera vez, pero sí fue el encuentro más significativo que tuve con una emoción muy presente en mi vida: la inseguridad. Yo no sabía que sentir era malo, hasta que tuve las primeras amistades que se alejaron de mí “por mi intensidad”; y ahí fue cuando la palabra intensidad cobró un significado terrorífico para mí. Me daba miedo sentir porque había aprendido que mi manera de procesar las emociones era too much; era la prepa, la etapa más “sin preocupaciones” de la vida, ¿por qué rayos alguien iba a querer lidiar (la palabra que más resonaba en mi cabeza en esos momentos era CARGAR) con todo el drama que yo implicaba? Mi solución: reprimir todo lo que siento. No es válido, es demasiado para una morra de quince – dieciocho años. – Déjalo pasar, Fernanda. No importa. – era mi mantra. ¿Cuál fue la conclusión de esta etapa? El vacío más grande que jamás había sentido. No era yo, no me reconocía, no me pensaba, no me consideraba persona. No estaba ni cerca de quererme o valorarme y lo único que quería era que la intensidad se fuera de mí.

Ahora, unos añitos después, puedo escribir esto en medio de un mar de emociones. Reconozco y le agradezco a cada una de ellas por existir y por atravesarme. Mi manera de experimentar el mundo está agarradita de la mano con mis sentires y orgullosamente puedo decir: sí, soy intensa. Vivo todos los días con intensidad (unos días más que otros). Mis emociones son totalmente válidas y no son una exageración, tan es así que todas y cada una tienen repercusiones físicas en mi cuerpo. Hay días en los que me brindan una energía indescriptible y me hacen sentir tan liviana que casi vuelo; hay otros en los que me es imposible moverme de mi cama por los dolores de estómago y la presión en mi pecho. ¿Mi intensidad me hace ansiosa o la ansiedad me hace intensa? Mi ansiedad amplifica mis sentires y antes me avergonzaba y pensaba que era una razón más que suficiente para que la gente se alejara. Y estoy consiente que no cualquiera sabe lidiar con emociones tan fuertes y tan intensas, pero eso no quiere decir que yo no merezca cariño o paciencia. La intensidad es mi motor y ahora la abrazo con toda el alma, porque sé que gracias a ella mis mejores cualidades brillan fuerte.

Escribo esto no sólo para aceptarme un poco más, sino para que otras niñas y mujeres intensas se puedan identificar. No somos histéricas, no estamos locas, NO EXAGERAMOS. Nuestros sentires y la manera de procesarlos son completamente válidos y son importantes. Basta de disculparnos por ser. Somos fuego, y sin el fuego, no hay luz.

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