La ternura y amabilidad como parte del autocuidado emocional

“El mundo de por sí ya es muy cruel e injusto como para que, además, tú seas tan dura contigo misma” es la frase que mi mejor amiga y yo solemos decirnos cuando nos encontramos teniendo pláticas sinceras sobre inseguridades, miedos y preocupaciones. Y es que realmente lo pienso.

Nuestra vida se desarrolla a través de contextos que, esforzados por premiar tanto a la productividad, castigan todas aquellas cualidades pacientes y tiernas. Crecemos creyendo que estar tristes es algo negativo, que el enojo no debe entrar en nuestros días y que la frustración no es válida porque “por algo pasan las cosas”. Todo esto lo vamos memorizando en cada paso que damos porque así nos lo dictan desde la niñez y —aunque después, desarrollándonos en otros contextos, vayamos comprendiendo que no existen las emociones negativas, que el autocuidado es necesario y que el amor propio importa más de lo que nos dicen— desaprender todas las imposiciones que el mundo mantiene resulta altamente complicado y, por lo tanto, se vuelve normal llegar a ser tan exigentes y actuar de una manera tan dura cada que algo no sale de la forma en la que esperábamos o no resulta “alegre, bueno y bonito”. Por ello, este texto intenta funcionar como recordatorio de que lo que sentimos (aunque a veces parezca carecer de sentido o luzca demasiado triste) es válido y que la amabilidad, paciencia y ternura que podamos ofrecer siempre deben tener como principal destinatario a nuestra propia persona.

Expresar todo lo que sentimos se vuelve aún más complejo cuando tomamos en cuenta que nuestras emociones y la manera en la que solemos demostrarlas están moldeadadas por una ideología de género binaria que castiga a ambas partes de manera diferenciada y que no reconoce posibles intersecciones. Por un lado, como hombre, se tiene definido que procesos como la tristeza son sinónimo de debilidad o de “demasiada feminidad” y que es normal que, ante distintos escenarios, respondan constantemente con actitudes agresivas. Por otro lado, como mujeres, nos toca ponerle cara bonita a todo sin importar las emociones que traigamos atoradas y tenemos prácticamente prohibido demostrar enojo porque ¡no vaya a ser que parezcamos intensas o, peor aún, agresivas! Nuestras tristezas y miedos constantemente se invalidan porque se malinterpretan como “un drama más” y, por si fuera poco, se nos vuelve cuidadoras emocionales de cualquiera que está a nuestro alrededor, desplazándonos en nuestra propia lista de prioridades.

Por todo esto, considero que lo más importante, de entrada, es reconocer que, sin importar nuestra identidad o expresión de género, somos personas con emociones de todo tipo (unas más placenteras que otras, sí, pero todas válidas) y que nunca es demasiado tarde para aprender a sentirlas y expresarlas de mejor manera.

Autor: @72kilos

Desde la niñez se nos siembra el rechazo a ciertas emociones y lo vamos reforzando a lo largo de todas y cada una de las etapas de nuestra vida. Lo aprendemos tan bien que, cuando se analiza, hasta resulta absurdo pensar que el consejo más común en nuestros días es “no estés triste”. Como si fuera una decisión instantánea, como si no debiéramos permitirnos sentirnos de tal o cual forma y como si lo único que debiéramos intentar fuera estar felices todo el tiempo. No es así.

Emociones como la tristeza, el miedo, el enojo y la frustración también son parte de nuestra vida y hay mucho que aprenderles, aunque constantemente se nos enseñe a negarlas. ¿Teníamos muchísima ilusión sobre un plan que no pudo concretarse y nos encontramos con mucha decepción? Está bien. ¿Nuestra familia tiene problemas y la preocupación nos inunda? Totalmente válido y entendible. ¿Sentimos el corazón roto y queremos llorar todo el tiempo? Hagámoslo, el amor romántico es complicadísimo y sufrir por querer a alguien es muy doloroso, abracemos el sentimiento. ¿Despertamos sintiendo mucho enojo y no sabemos por qué? Se vale, nuestras emociones no siempre deben tener explicaciones larguísimas para poder racionalizarlas; a veces sólo hay que aceptarlas, dejarnos sentirlas y regalarles su tiempo.

El amor propio no se construye reconociendo sólo lo bonito y agradable que tenemos y experimentamos, sino abrazando todo lo que nos conforma, incluso aquello que no nos gusta sentir o aquello que nos preocupa admitir. Está bien y es normal. No es un proceso instantáneo, ni rápido; no es fácil ni resulta ligero, pero sí es algo que merece la pena intentar y enfrentar, sobre todo cuando se hace desde la ternura. Tampoco es un proceso lineal, pues nos enseñan tan poco sobre autocuidado que el hecho de desaprender lo que este sistema nos inculca implica repetir y reforzar ciertos patrones, aunque continuamente nos esforcemos por no hacerlo.

Ser paciente y amable con nuestra propia persona ayuda a reconocer las dudas con menor miedo, a que nuestras confusiones no parezcan tan pesadas y, sobre todo, a que las equivocaciones que cometemos sean enfrentadas desde la comprensión y no desde un punto que sólo las condena sin acompañarlas. Estamos en constante aprendizaje y recordarlo funciona como un apapacho cuando todo luce tan abrumador.

Autor: @matiasprado

La cuarentena está siendo dura de muchas formas. Perdimos el ritmo de la rutina que solíamos tener; estamos lejos de gente que queremos; nuestros planes se extinguieron o cambiaron por completo; las noticias son casi siempre negativas y todo a nuestro alrededor parece grave, cruel y preocupante.

En medio de tanto caos, es imposible no sentirse mal, triste o con cansancio todo el tiempo y, justo por eso, creo que es importante poner tantita pausa, detenernos y recordar que no estamos exagerando ni haciendo berrinche; que, aunque seamos personas afortunadas y privilegiadas en muchos aspectos, también tenemos razones para sentirnos mal; que nombrar estos procesos con responsabilidad, amor, paciencia, respeto y muchísima ternura implica seguir dando pasitos hacia la construcción de un mayor bienestar personal y, principalmente, que apostar por el amor propio y el autocuidado siempre es una decisión que vale la pena.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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