El yoga no se vende, es de todas las personas

-Por Ángeles Cruz y Marisol Aguilar

El yoga es una práctica ancestral que nació hace aproximadamente 5 mil años en lo que hoy conocemos como India, con el fin de unir el cuerpo-mente-espíritu, y al lograr ese estado de conexión interior, entender que como seres en lo individual nos encontramos unidos y unidas también en lo colectivo o universal. Según los textos antiguos[1], el yoga es una disciplina mental conformada por 8 aspectos: el comportamiento: yamas y niyamas, la respiración, la práctica de posturas físicas, los pasos que incluyen la meditación: pratahyara, dharana y dhyana, y el punto de unión final: samadhi.

A partir de estas prácticas, el yoga busca diluir las fluctuaciones mentales[2], aquellos pensamientos, ideas o incluso prejuicios que el exterior nos ha insertado y que nos han hecho vivir en desconocimiento y en desconexión con nosotros y nosotras, así como con las demás personas.

Precisamente, sobre esto último, quienes fundamos YOGA INTERSECCIONAL, llegamos a la práctica de yoga. Cada una con una historia diferente, pero ambas con un sentido en común que nuestras formaciones como defensoras en derechos humanos y feministas nos inculcaron: tener empatía con nosotras mismas y con los demás como paso principal para poder seguir en la lucha. Pero para tener empatía necesitamos conectar con nosotras primero.

Yo, Ángeles, empecé la práctica de yoga hace 6 años después de salir de una relación con violencia emocional. Me inscribí a mi primera clase de hatha yoga[3] motivada por realizar alguna actividad física y por la sensación de entumecimiento que a mi cuerpo le invadió después de ese proceso de ruptura. Recuerdo bien esa clase, veía a las demás personas contorsionarse, parándose de cabeza y yo sólo me repetía “creo que yo nunca podré hacer eso” pero permanecí en el salón por la pena de ya haber entrado y pagado. Fue al terminar esa clase, cuando experimenté una profunda calma y silencio interior. Por primera vez en meses, sentí mi cuerpo, al que por mucho tiempo había sentido que no me pertenecía o no era lo suficiente. Durante el savasana[4] experimenté cómo se reconectó mi cuerpo a mi mente y a mi corazón. Esa sensación –desconocida para mí en ese momento– me hizo regresar a la clase siguiente, practicar ininterrumpidamente por los últimos 6 años y formarme después como profesora de yoga.

Yo, Marisol, comencé la práctica de yoga después de casi terminada una relación laboral tóxica, abusiva y sobre todo de discriminación. En esta búsqueda de tranquilidad y reflexión encontré un estudio de yoga, en el que si bien asistía regularmente, las personas que ahí practicaban tenían cierto expertise y las personas que lo enseñaban lo hacían sin explicación alguna, únicamente teníamos que hacerlas imitando a las demás. Anteriormente, ya había practicado yoga Kundalini[5], por lo que busqué una escuela de esta tradición para formarme.

Cuando entré a esta escuela me pareció todo muy genuino y orgánico. Las personas parecían conectadas con su ser, respetuosas del otro u otra; no obstante, como en todas las escuelas, las primeras enseñanzas son teóricas y bastó con tomar dos meses de clase para darme cuenta que esta corriente, no solamente te la venden en un empaque, sino que no es respetuosa del ser humano. Las mujeres tienen un rol específico y los hombres otro. Como feminista, me encontré con prácticas de sumisión de mujeres ante los hombres que no podía cuestionar. Con teorías y enseñanzas basadas únicamente en lo que su gurú decía, sin ninguna referencia ancestral o científica. Con ensayos ofensivos de su gurú con el ánimo de enseñarnos a ser mejores personas a punta de groserías. Y ni hablar de la aceptación de orientaciones sexuales o identidades de género diferentes a la heterosexual.

A inicios de este año, nos conocimos a través de un estudio de yoga en Mérida, y comenzamos a discutir sobre nuestras historias, los beneficios del yoga y las barreras a las que nos hemos enfrentado durante nuestras prácticas. Esto nos llevó a pensar cómo poder unir esta práctica a los temas de justicia social que son la normalidad de nuestro trabajo. Para esto, hemos tenido que estudiar, conocer que para cada dolencia hay un asana, una meditación o incluso algunos minutos de respiración para sanar.

Nuestra experiencia nos ha enseñado que cuando una persona vive situaciones de violencia física/emocional o de trauma, es normal sentir que el cuerpo está “entumecido” o “desconectado”, ya que se pierde la sensación de control sobre él por los daños que otras personas le infligieron. La práctica de yoga nació justo con el fin de transitar de un estado de entumecimiento, como el que habíamos vivido y visto a uno de unión entre el cuerpo/mente/espíritu.

Los textos antiguos hablan de un estado de desconexión, que al trasladarlo a nuestra realidad refleja cómo la discriminación, las violencias, los sistemas de opresión y el capitalismo nos insertan esa narrativa de separación hacia nuestros propios cuerpos y entre los demás seres y personas con los que compartimos el mundo.

Mientras el yoga para nosotras es una oportunidad para recuperar nuestros cuerpos, sanar nuestras mentes y relacionarnos distinto con nuestro entorno, también nos ha hecho cuestionarnos el por qué muchas personas que viven o vivieron violencias o discriminación no tienen acceso a estas herramientas.

Nos dimos cuenta de que, en los espacios de yoga convergen ciertas hegemonías y las mismas personas: mujeres (en su mayoría y por estereotipo) y hombres de clase media, blancas, de cuerpo normado (delgado, sin discapacidad, flexible y atlético) y que los medios de comunicación lo representan con la misma imagen: mujeres blancas de cuerpo normado, practicando posturas complejas, vendiendo alguna marca de leggins o tapete, con imágenes que no nos representan en la realidad.

Al estudiar y practicar la filosofía del yoga nos hemos dado cuenta de que el capitalismo transformó el yoga para su venta, que lo hizo exclusivo para quienes pudieran pagarlo, lo hizo aspiracional y meritocrático, y sobre todo, lo hizo para un solo tipo de cuerpo. La forma en que se comunica el yoga en los medios es tan positivo (inserte aquí el “good vibes only”), que esa positividad es tóxica y aísla. Sin embargo, el yoga desde sus bases filosóficas te fortalece para solucionar y enfrentar (actuar), no practicarlo para beneficio personal y así desajenar o ignorar la realidad.

Por otro lado, hay que resaltar que cuando practicamos yoga estamos haciendo uso de tradiciones ancestrales que no nos pertenecen y si bien estamos haciéndonos parte de ella, hay que cuidar de honrarla y no apropiarla. Es la misma relación que las personas no indígenas en México tenemos con los pueblos y comunidades indígenas: no son nuestras, son de ellos, nosotras solo debemos respetarles y cuestionar la opresión que viven.

El yoga es una tradición ancestral que sigue viva, y como tal, hay que practicarla con respeto porque existen comunidades en India que la practican desde esa espiritualidad, cosmovisión y como parte de su linaje. Por esto el yoga no debe ser un producto comerciable o fit, porque ahí pierde todo su sentido y desdibujamos sus orígenes.

Todo esto nos ha hecho reflexionar y desde YOGA INTERSECCIONAL creamos un manifiesto para practicar yoga con premisas básicas que no debemos olvidar:

  1. El yoga no debe discriminar
  2. El yoga no es un privilegio, es de todas las personas
  3. El yoga no debe desconocer los contextos de discriminación
  4. El yoga no debe replicar roles y estereotipos de género
  5. El yoga debe respetar a todos los cuerpos
  6. El yoga debe incluir a las personas: con discapacidad, LGBTI+, indígenas, afrodescendientes, víctimas de violencia, en situación de calle y PPL.
  7. El yoga no debe vender espiritualidad y ser meritocrático

Para nosotras el yoga, desde su ancestralidad y bajo estas premisas, es interseccional porque mira la realidad de cada persona, sus características, las barreras impuestas por las sociedades, la forma en la que la opresión les afecta en sus cuerpos y mentes y sus contextos. La interseccionalidad permite que miremos las discriminaciones por las que hemos pasado para que mediante esta práctica sanemos y nos volvamos unidas.

Si estás practicando yoga, eres maestro o maestra te invitamos a que te cuestiones tu práctica desde tu privilegio y si tienes alguna duda, sugerencia, aclaración o comentario visites en IG @yogainterseccional, en Fb @yogainterseccional y en Tw: @yogaintersecci1, y te unas a la conversación. Queremos honrar esta práctica que nos ha dado tanto, cuestionando su estado actual en nuestro país y detonando el diálogo.

 

 

 

[1] Yoga Sutras de Patanjali (2,300 años AC)

[2] Yoga Sutras de Patanjali 1.2: Yoga citta vrtti nirodah

[3] El hatha yoga es la más popular en occidente y es el yoga de las asanas, por el énfasis en el uso de estas.

[4] El Savasana es la postura final de una práctica de yoga en el que te recuestas por algunos minutos con la mente reducida al mínimo sin fluctuaciones o pensamientos.

[5] El kundalini es el potencial de cada una de nosotras para manifestar de forma consciente y libre cada momento de nuestras vidas, pensar, crear y actuar deliberadamente (yogamex.com)

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