El orgullo de la abyección

La paz que emanaba del paisaje marino solo pudo ser interrumpida por su presencia: trajes de baño estampados en colores brillantes, lentes de sol enormes, turbantes espectaculares, cabellos rosas, dorados, trenzados como tentáculos, encorchados como lo más, o con las cabezas casi rapadas; gestos y ademanes amplísimos, risas fuertes, cuerpos gordos de piel negra… No quedaba duda de que estaban ahí: siete mujeres afroamericanas disfrutaban del Caribe mientras yo disfrutaba de sus existencias imposibles de ignorar.

Ellas, en un mar de cuerpos esbeltos y blancos (acaso irresponsablemente enrojecidos), eran disidencia pura y hermosa, la abyección rompiendo la falsa calma de la hegemonía, la abyección que existe y resiste orgullosa, escandalosa, sin intenciones de ocultarse o mimetizarse con el entorno.

Bajo la sombra, yo intentaba leer a Rita Segato en su artículo “Los cauces profundos de la raza latinoamericana: una relectura del mestizaje” (2010), y al paso de estas mujeres frente a mí, se conectaron algunas de las ideas de Segato sobre la categoría de raza y mi propia historia y relación con ese tema.

Regresemos en el tiempo tal vez unos veinticinco años, igual en la playa –curiosamente. Yo de aproximadamente unos siete años, jugaba con otros niños y niñas, entre quienes estaba la hija de la trabajadora doméstica de la casa donde nos encontrábamos, madre e hija, mujeres mayas. Más allá de las diferencias físicas obvias (que había entre todos), yo no atribuía ninguna interpretación, lectura o significado al color de piel, los rasgos del rostro, la forma de hablar… hasta que sucedió ese día, aquel hito que enterrara en lo más profundo de mi ser el peso de las diferencias (de ciertas diferencias).

Noté que una de las niñas, una de piel muy blanca y ojos verdes, estaba enojada por algún motivo desconocido. Le pregunté a un niño qué sucedía, a lo que me respondió:

—“Ah, no le hagas caso, está loca. Está molesta porque “A” está jugando con nosotros y le cae mal porque es indita

Yo miré a “A” y pensé dos cosas: Primero, que la única referencia hasta ese momento que tenía sobre los “indios”, eran los retratados por Disney en Peter Pan, personajes feos, brutos, con un lenguaje limitado a monosílabos y costumbres violentas, deshumanizados, pues. Por lo tanto, ser “indita” no debía ser algo bueno. Acto seguido, después de mirar a “A”, miré a la niña rubia y me miré a mí… Yo no me parecía a la niña rubia, me parecía a la “indita” y sentí que yo estaba mal, al igual que ella. Probablemente partir de ese día, yo relacioné la piel morena con ser indígena y ser indígena con representaciones poco afortunadas.

A pesar de crecer en una familia en donde mi piel morena siempre fue celebrada y resaltada como un rasgo lindo en mí, el mundo exterior (para no decir real) me mostraba otras cosas: quienes aparecían en la televisión, en la publicidad, en las revistas de mi adolescencia, en las películas, eran mujeres y hombres blancos, que se parecían a la niña rubia de la playa aquel día, no a “A” y tampoco a mí.

Segato habla de la categoría de raza precisamente como la lectura histórica que hacemos sobre los cuerpos, una lectura que los jerarquiza según quiénes han sido los conquistados, colonizados y cómo estas supuestas jerarquías se han biologizado (entender este planteamiento ayuda a la comprensión de por qué no existe el racismo a la inversa que a algunos les encanta esgrimir). Leer los rostros, los rasgos, el color de los ojos, el color de la piel y atribuirle a eso una jerarquía, una posición de dominación o de subalteridad es un mecanismo con el que no nacemos, sino que se va impregnando en nuestras miradas del mundo desde muy temprano. Es probable que nadie o casi nadie se nombre a sí mismo racista, sin embargo, prácticamente todas las personas somos capaces de leer esta categoría en los cuerpos de los demás y actuar, tratar y hablar en consecuencia a nuestra interpretación de dicha lectura.

Y así, quienes no encajamos (en mayor o menor medida. La interseccionalidad puede ayudar a ampliar esta idea) en el modelo hegemónico de nuestros tiempos (lo blanco, lo cisgénero, lo occidental, lo masculino, la clase social privilegiada, el cuerpo no gordo, el cuerpo sin discapacidad), se encuentra en la abyección de un mundo diverso pero que no ha sido construido para abrazar esa diversidad.

El famoso estrés de las minorías llega apenas hacemos consciencia de esas identidades dominantes o subalternas: ese estrés que aparecía –o aparece, cuando por ejemplo, una mujer está en un lugar rodeada de hombres en un contexto laboral, se siente insegura y con la necesidad constante de tener que probar su capacidad para estar ahí; o el adolescente no heterosexual que no ha salido del closet, sintiendo la necesidad de disimular su manera de hablar, moverse o sus gustos para no tener que ser “detectado” como diferente por el resto de sus compañeros. El estrés del joven de clase baja que entra a una tienda a comprar lo que sea y sabe que tiene que comportarse el triple de correcto para no ser mal mirado o considerado una amenaza, que sabe que no puede aporrear la mano o levantar la voz como lo haría impunemente un joven de la misma edad pero blanco y de clase alta. O el estrés que sentí al estar con mi hija de pocos meses y verme rodeada de mujeres desconocidas y blancas, esperando en qué momento me preguntarían si era mía o si se la estaba cuidando a alguien más (no era paranoia estéril, al menos en dos ocasiones me hicieron esa pregunta), siendo esto un ejemplo personal de lo que dice Segato, las lecturas que esas mujeres tuvieron sobre mí las confundieron al grado de no saber si yo era la madre o “la nana” de esa bebé blanca en mis brazos.

En este sentido, para muchas y muchos que por motivo de color de piel, orientación sexual, clase social, discapacidad, forma de expresar su ser y estar en el mundo, se encuentran en la periferia de la hegemonía, esto ha representado momentos de angustia, de querer pasar desapercibida o desapercibido, de mimetizarse, blanquearse, masculinizarse o feminizarse, según lo requerido por la norma, de bajar de peso a toda costa, occidentalizarse, de… comportarse.

Muchos años y mucho trabajo personal de deconstrucción me ha costado disfrutar mi color de piel como lo disfruto hoy, de amarlo, de mirarlo en el espejo como quien mira la pintura más linda y se pierde un rato en ella. Un trabajo silencioso, que ha implicado extirpar ideas y “certezas” enterradas y alimentadas desde hace muchos años, probablemente desde antes de ese día en la playa en el que fui testigo de una niña rubia maltratando a una niña maya.

Creo que es por eso, que hoy me resulta tan fascinante la imagen de las siete mujeres afro paseándose en la arena, o las y los vogueros en la marcha del pride hace unas semanas, o la comunidad de personas con discapacidad auditiva, celosa del uso de su lenguaje; todas las personas con vidas, cuerpos y expresiones fuera de la hegemonía mostrando con orgullo su existencia y paso por este mundo, incomodando y escandalizando a quienes se benefician del status quo.

Las identidades en la periferia son la resistencia de este mundo naturalmente diverso, pero obligado por unos cuántos a ser mirado de una sola forma. Qué necesario y urgente es representarlas, mostrarlas, habitarlas con amor, alegría y mucho, pero mucho orgullo. No hay nada más político y personal que eso.

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

3 respuestas a «El orgullo de la abyección»

  1. Qué bueno que hoy podamos ir sintiendo que nos hace ruido aquello que hace años considerábamos como natural, tanto desde el lugar de hegemonía como desde su periferia. Excelente su reflexión Regina. Siempre es un gusto leerla sabiendo que su aporte a esta sociedad forma parte de este cambio colectivo que se viene gestando. Saludos!

  2. Me gustó el artículo, toca un tema relevante, con una narrativa muy bien presentada, agradable a la lectura y en el que se refleja una realidad para personas que por una diferencia, no forman parte del grupo hegemónico y sufren discriminación.

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