A pensar a su casa

Hace unos días leí ‘’Su cuerpo dejarán’’ de Alejandra Eme Vázquez, un libro precioso que habla sobre la labor de cuidados que ejercemos las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. A partir de ahí no he podido dejar de cuestionarme y notar todo lo que Alejandra plasma a través de su experiencia personal y de la teoría de cuidados.

La primera vez que topé con las labores del hogar fue a los 11 años, cuando comencé a aprender a barrer, lavar trastes, lavar la ropa y servirle la comida a lOs demás. Desde ese momento supe que ser quien era significaba ser la servidumbre de las personas con las que crecí. Confrontaba a mamá y a papá, quien era el primero en decirme que se necesitaba ‘’una mano femenina’’ y quien, al día de hoy levanta sus platos de la mesa de vez en cuando, casi siempre cuando mi mirada está presente o cuando se encuentra de buen humor.

Hoy me encuentro pasando el tiempo y la vida en casa. Me paso los días ordenando, descubriendo la manera correcta de usar los productos de limpieza, separando la basura para su correcto reciclaje, midiendo las cantidades exactas de cada ingrediente de las recetas de internet, también desarrollé una manía inexplicable por reutilizar frascos y una sensación de placer cada que confirmaba mi recién descubierta habilidad de poder calcular la cantidad exacta de sobras de comida que cabía en cada uno.

A la par de las nuevas costumbres también desarrollé la parte obsesiva por mantener todo pulcro: cada vez noto más el desorden y la suciedad, cada vez me es más grande la incapacidad de sentarme a leer/escribir/trabajar/descansar si algo está en desorden, cada vez utilizo más la cocina como espacio para calmar la incertidumbre y el estrés, algo así como si picar ajo y cebolla para el almuerzo me diera un poco de serenidad y paz para seguir con el día a día.  Yo nunca fui fan de la cocina, sé hacer lo mínimo para no morir de hambre por inútil. Me pregunto si en los hombres también es algo común el recurrir a los rituales de limpieza para calmarse o si es algo que nosotras aprendimos como consecuencia de haber sido socializadas para ello.

Pienso mucho en el tiempo y esfuerzo que ordenar la casa nos requiere, también en la imposición del trabajo de cuidados que recae sobre nosotras bajo el pretexto de que las mujeres tenemos la cualidad innata de ‘’cuidar’’. Pienso en cómo desde pequeñas nos dicen que tenemos que aprender a ordenar y cuidar el espacio que habitamos (hasta existen en el mercado unas mini-escobas para entrenarnos) nos dicen que de grandes seremos mamás y nos enseñan a jugar con un muñeco en forma de bebé, nos dicen también que seremos las encargadas de cuidar el hogar y a quienes habitan en él, con el tiempo cuidamos de los hermanos mas pequeños, de los mas grandes, de los padres y abuelos, de los amigos y novios. Cuidamos de todOs y de todo.

Lo doméstico me causaba aversión; yo no quería servirle la comida a nadie mas que no fuera yo, no quería sostener una casa donde vivían mas personas pero que solo yo limpiaría, no quería regalar mi esfuerzo y vivir de algunos ‘’gracias’’ de vez en cuando. Yo no quería ser el prototipo de mujer que sirve y vive para los demás.

Le doy vueltas a cómo ese trabajo de cuidados domésticos se traslada a lo más personal e íntimo, es decir, al trabajo de cuidados emocionales, y cómo este establece que nosotras somos quienes estamos encargadas de cuidar de lOs demás más allá de lo físico, de procurar, de explicar, de sentir, de elegir las palabras correctas para que nuestros puntos de vista y emociones sean validadas y tomadas en cuenta –claro, siempre cuidando de no herir o enojar al otro–. Nosotras somos quienes ante cualquier situación anteponemos el bienestar ajeno al propio.

Yo estoy segura de que la cualidad no es innata, es aprendida; cuidar las acciones, cuidar las palabras, cuidar el lugar y momento, cuidar el tono, cuidar los modos, cuidar al otrO, cuidar, cuidar, cuidar. Mi sueño mas loco es que la labor de cuidados algún día sea recíproca, que los demás cuiden de mi como yo siempre trato de cuidar de ellos.

Una parte de mí quiere seguir huyéndole a todas esas labores que me fueron impuestas por ser mujer, huir lo mas lejos que se pueda de hacer lo que debería de saber hacer (lavar el piso, los trastes, la ropa, cocinar, saber qué producto quita el sarro de las llaves y un largo etcétera). La otra, trata de teorizar sobre esas labores, de apropiarse de lo impuesto, encontrar y aferrarse a  lo íntimo y a lo que resiste: como las veces que tengo que llamarle a mi mamá para preguntarle por una receta suya que se me antojó, la muestra de amor que significa para mí el cocinarle a quien quiero y que le guste, las veces que en las reuniones familiares me encuentro con todas las mujeres en la cocina platicando mientras revisamos a ratos y entre todas la cocción de las verduras. Es increíble cómo nos apropiamos y resignificamos los espacios a los que histórica y socialmente hemos sido relegadas.

Trato de encontrar explicaciones y maneras nuevas y antiguas de entender aquello que de repente sé hacer y que me dijeron hasta el cansancio que era una cualidad casi casi biológica. Uso las labores domésticas para calmar mi ansiedad pero también para pasar el día entretenida, sin embargo, me parece peligroso porque me quita mucho tiempo para leer y pensar, para entrar al mundo de los saberes intelectuales, pienso en la repartición de las labores del hogar y en la repartición de los trabajos de cuidado doméstico y emocional. Pienso, finalmente, en todo lo que me es impuesto por pertenecer a la otra mitad de la población, por ser la otrA. Espero pronto encontrar más preguntas y respuestas. ¿Cómo es que de repente sé cuidar?

A veces estudio derecho, a veces hago comunidad con otras mujeres.
Politizo, cuestiono y teorizo todo

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