El dilema del erizo y la importancia de los corazones rotos

Schopenhauer, un filósofo alemán, habló del dilema del erizo, donde explicaba que estos pequeños animales están condenados a vivir en un eterno dilema entre la cercanía y el dolor, la historia que relata va más o menos así:

“Cuando llega el invierno, los erizos enfrentan una difícil cuestión, para guardar el calor, se acercan poco a poco los unos a los otros, pero las espinas que cubren sus cuerpos hacen que al estar próximos unos a otros, se pinchen unos a otros, haciendo que el dolor los aleje nuevamente. Así, los erizos se ven entre el eterno dilema de buscar la distancia perfecta donde el frío y el dolor sean soportables, para no morir y para no sufrir”

El filósofo hace uso de esta historia para explicar las relaciones humanas. Aunque un poco pesimista, no deja de sentirse real esta eterna decisión entre estar completamente aislados o rendirnos ante la imposibilidad de no ser heridos —aunque sea inintencionadamente— por otros humanos. No me refiero solo al amor romántico, sino a cualquier clase de relación humana donde el cariño se vea involucrado. ¿Por qué entonces parecemos en una constante huida del dolor? ¿No es el dolor parte inevitable de la experiencia de estar vivos?

No es que yo esté a favor de transitar con una melancolía interminable durante lo que duren nuestras vidas, pero tal vez sí estoy en contra de nuestra imperiosa necesidad de querer estar bien todo el tiempo y por ello aferrarnos a lo que nos ha dejado de hacer bien, de casarnos con una angustia incesante traída por el miedo al cambio, porque no nos gusta decir “ya no” y duele. Claro que lo hace, ¿pero no es mejor rompernos el corazón en un instante que fracturarlo poco a poco en algo que, aunque nos llena de felicidad, nos ha empezado a incomodar?

Sé que suena a que te estoy diciendo que termines con todo lo que se te hace feo en el instante en que lo sientas, pero no me refiero a eso. Me refiero a que, pese a que a veces nos mintamos al respecto, usualmente sabemos cuándo hay que decir “no me haces bien” o “no te hago bien”. Tampoco se trata de satanizar a los otros, se trata de responsabilidad emocional: un deber que transita en divergencia porque lo que haces repercute en mí y lo que hago repercute en ti. Si bien nuestra prioridad debe ser nuestro bienestar individual, no podemos cegarnos a la existencia ajena, menos a la existencia de quien nos contempla en su vida.

No es fácil, para nada lo es. Creo que a pocos nos han enseñado —sin considerar la enseñanza que trae la vida —que el amor también se trata de límites, que el autocuidado muchas veces nos llevará a romper corazones y a que nos rompan el corazón, pues no hay manera dulce de decirle a alguien que amas que lo necesitas lejos, por más que lo quieras cerca. Amigo, pariente o pareja, están en su derecho de decírnoslo y estamos en nuestro derecho de hacérselos saber. La verdad es que ni ellos ni nosotros tenemos la tarea de entender, pero es ese mismo cariño el que probablemente nos encamine a hacerlo y nos incite a cuestionar nuestra conducta y nuestra forma de amar para que finalmente decidamos si podemos ofrecer lo que esa persona especial necesita y si lo que ese alguien da es. Por consiguiente, lo que necesitamos y aunque no suene así, es alejarse: uno de los actos de amor que podemos ofrecer y que nos pueden obsequiar.

Lo sé, esto no es lo que queríamos, mucho menos aquello con que soñamos y de pronto parece que buscar amor en lo que odiamos parece la respuesta. Aceptar lo que está “no tan mal” suena a una buena alternativa, pero no, no lo es, porque a veces, la gente vuelve o encontramos a alguien más. Ya sea que el retorno y nosotros hayamos encontrado la distancia adecuada, o este nuevo ser tenga unas espinas que se lleven mejor con las nuestras, los corazones sanan —aunque las cicatrices queden— y nosotros aprendemos. No romanticemos los corazones rotos, pero aceptemos que también son importantes, dejemos de huir del resto de los erizos y mantengamos las luces prendidas, porque mucho se va, pero también mucho llega.

 

¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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